Mendoza, enero de 1954
EL GAUCHO, (*)
Meditación a través de una ventanilla
Deseosos de
exhumar cierta definición del gaucho argentino –a causa de no haber encontrado
hasta la fecha alguna que nos satisfaga medianamente– emprendemos calígine
viaje por nuestras landas del Sur mendocino.
Como estamos
en la enormidad del estío, la empresa reclama no poco valor. Pero sin embargo
un buen – ¿mal? – día nos resolvemos a desvelar el misterio y armados de prócer
coraje nos acercamos al gigante de acero arrugando nerviosamente nuestro pasaje
en el bolcillo.
No bien
ponemos pié en el andén, la embravecida bestia ha lanzado un ventoso rugido de
vapor que, acompañado de estridente grito, nos sobrecoge de medrosidad. Aprovechando un fugaz
descuido nos subimos a su columna vertebral. Estamos decididos a viajar sobre
su espalda cabalgando una vértebra. Finalmente el tañido de una muy beata y
cristalina campana parece haber catequizado al monstruo, quien –sumiso y calmo
ya– se dispone a partir,
Con
infantil alborozo descubrimos que el respaldo del asiento que tenemos delante
esconde, en su intimidad, una pulida y lustrosa tabla. Se trata, sin duda, de
una mesa para la merienda; pero nosotros –que
confiamos en su idoneidad– la haremos oficiar, por un momento, de escritorio,
con lo que advertimos la mutabilidad del ser de las cosas.
Echamos
sobre ella unos cuantos papeles y en el preciso instante en que el tren se moviliza escribimos esto hasta aquí. Por cierto nos
ha costado no poca faena pues la bestia –cual si rasguño de nuestra pluma en su
lomo le cosquilleara– se balancea de un lado a otro tornando jeroglífica
nuestra escritura.
El Gaucho, nos
han dicho, es hombre diestro en el manejo del facón, tanto con animales o, frecuentemente,
con otros hombres. Puede descuerar cualquier cosa que se haya movido, soba
cueros, hace asados, hace piales con su
lazo, hace trovas con su viola. En fin hace estas y muchas otras cosas
más. Y como el hombre es lo que hace, fabrica (homo faber) nos tenemos que
conformar con esto. Claro que a esta doctrina podríamos concederle que el
hombre es lo que hace si también nos dijera por qué y para qué lo hace. Pero
dejémoslo para otra ocasión porque no es para meditarlo en viaje.
Ahora
nos deslizamos por las afueras de la ciudad y nuestra visión se puebla de
blancas ropas al sol, de ranchos de caña y barro, de rapaces sucios… De pronto
atravesamos una calle que ha padecido la cortada del tren. Herida que custodian
dos tajantes barreras y un centinela. (1)Tras ellas burgueses mañaneros que nos miran con respeto. Vamos en un imponente
aparato. La imponencia lo primero que impone es respeto, claro está. Esta
observación nos trae un bostezo. Y cuando nos disponemos a gozar de él
desperezándonos, advertimos una mujer nos mira. ¡Adiós fugaz instante de
placer! Nos vemos forzados a disimular el bostezo con escondido ademán. Recordamos
haber leído en alguna parte que un diplomático es el hombre que puede bostezar
sin que lo noten los demás. Nuestra mente divaga hacia diplomáticos bostezando
sin ser advertidos. Es un bostezo furtivo porque quiere hurtarse de la
vista ajena.
Y he
aquí que aparecen las vides. En medio de inmensos paños verdes que parecen no
tener riveras, descubrimos una jovial alquería en cuyo derredor se mueven
algunos peones. Embriagados por nuestra contemplación pasan en nuestra
ventanilla, cual una fuga de imágenes cinematográficas, un racimo de paisajes
ubérrimos. Nos ocurre pensar que sería buena política propiciar la vuelta al
campo. ¿Por qué los campesinos se han visto atacados súbitamente de fiebre
ciudadana? En los últimos años hemos visto caer baldazos de gentes sobre las
ciudades. Día tras día aumenta la despoblación de nuestra campiña. (**)
Súbitamente,
sin que nada lo hiciera prever, soltamos amarras con la civilización. Se nos
viene encima el desierto de piedra y jarilla (2) de los Andes. El estío parece haber llegado aquí a un grado superlativo
El tren deberá atravesar este desierto infernal. Ante tamaña aventura la
máquina ha sufrido un instante de indecisión.
El
páramo ventoso y cálido se ajusta a nuestros costados y nos oprime con saña. Bocanadas de aire hirviendo
penetran por las ventanillas, aun abiertas, convirtiendo al vagón en un
ambiente de fragua. A lo lejos, peraltada en
un otero, divisamos una roca gigantea que –solitaria– proyecta su
rupestre y puntiaguda sombra hacia nosotros. Con ella viene de la roca… un
saludo. En efecto, la sombra es algo que le pertenece y no le pertenece, como
el saludo. Cabalga pues esta piedra en un cabezo, viajando solitaria por la sábana
desnuda… ¿Adónde va? ¿De dónde vino? La roca es viajera eterna del desierto
inhóspito Los pensamientos pasan, las fantasías duermen.
Por fin,
luego de superar un pueblo llamado sugestivamente “Pareditas”, hemos llegado a
la sima que sigue a la llanura de una suave lomada y a nuestra vera el terreno
sufre una inesperada depresión, mudo testigo de esta mezcla de pampa y Andes
que es Mendoza. La tierra cae, cae… Y allá abajo vemos juguetear entre las
piedras un cantarín arroyuelo que –después supe– los lugareños llaman Aguanda.
Otro sugestivo nombre que en mi mente dispersa alude al agua que anda. No
liberado aún de las fantasías febriles que me han acompañado en este viaje
pienso que el arroyo bien pudiera ser la niñez del río. Por eso juega.
La civilización de Occidente debiera haber
meditado un poco más en que lo más puro e inocente (quiere decir no dañino) que
se puede hacer con una cosa es jugar con ella. Si hubiéramos tenido una
meditación semejante quizá no se hubiera prohibido durante tantos años a los
niños, jugar en las escuelas. Aún de hombres debiéramos conservar esa
maravillosa capacidad del infante para asombrarse ante todo y que alguna mente
angosta ha llamado puerilidad. Los libros alejan de la inocencia.
Pero mientras
yo pensaba esto de los niños hemos bajado y la circunstancia ya es otra. A
ambos costados del arroyo se extienden frescas, angostas praderas pobladas de
hontanares y cristalinas fuentes. Un aroma liento asciende hasta nosotros y
penetra gozoso por la ventanilla. El tren, contento como nosotros, desciende
rápidamente en demanda de solaz descanso. Exánimes descendemos. La bestia lanza
ahora un aliviado suspiro de vapor. Hemos concluido el viaje y aposentamos
nuestra osamenta en la humbrífera estancia “Los Jumes”, de nuestro buen amigo Jorge
Eduardo Covarrubias.
Como no
podemos con nuestro sino, luego de descubrir una biblioteca vetusta, husmeamos
hasta encontrar un libro de Historia Argentina que no conocíamos. Se pretende
aquí dar una idea de lo que el gaucho argentino ha sido. Fatigosamente nadamos
el libro de una ribera a la otra. Por fin hacemos balance con la perentoria
pregunta: ¿Quién es el gaucho? El gaucho, se reitera el lugar común que
referíamos al principio, es el hombre hábil en el manejo de las labores
rurales, experto domador, gran cocinero de asados amante de su guitarra y de un
tipo femenino no definido tampoco hasta el presente y que responde al nombre de
“china”.
¡Pero cómo!: ¿no es más que esto el gaucho?
Nuestros
libros de historia no acometen lo que para el gaucho es vivir. No hablan de ese
presente que viene de un futuro que todavía no está. Porque eso es vivir. Meter
en este preciso presente un futuro que todavía no es presente. Nadie puede
vivir hacia el pasado. Y este silencio resulta, por azar, ser un beneficio. Se
tienen tales ideas sobre lo que el gaucho ha sido que si se hablara más
concluiríamos por no tener idea del gaucho. Esto –con ser ya mucho– es
minúsculo comparado con este segundo error:
se presume que el gaucho es el antecedente o progenitor del ser argentino. Pero
veamos ya quien es el gaucho.
Hace
tiempo cayó en desuso aquella interpretación de lo pueblos por su paisaje. La
teoría se gastó porque se hizo de ella ab-uso, es decir, un uso excesivo. Se pretendía que el espíritu
de un pueblo se moldeaba al paisaje. O mejor que el paisaje moldeaba al pueblo.
Tal vez hubiera sido más fértil pensar que podía suceder justamente lo
contrario: que el paisaje hubiera sido modificado por el hombre para adaptarlo
a su futuro o, lo que es lo mismo, que el hombre cambiaba el paisaje para
hacerlo coincidir con sus anhelos. Hemos tenido ejemplo de ello con los viñedos
recientes. Lo contrario de la teoría darwiniana de la adaptación al medio
En fin, sea
una cosa u otra, es cierto que resulta ilusorio suponer que el gaucho pueda
habitar otro paisaje que no sea el de las pampas. No podemos imaginar esa vida
desarrollándose en la sombría y umbrosa selva ecuatorial o en el desierto de
Atacama o en los hielos antárticos.
No ha mucho vi una película norteamericana; la he
visto con mucha paciencia, por cierto, pero una escena hizo fructificar en mi
la idea que motivaron estas páginas de viaje. Se trata de un gaucho que
ascendía las nevadas cumbres de los Andes huyendo de la justicia acompañado de
su china en demanda de tierras chilenas. Se llamaba el camino del gaucho.
Esta imagen del hombre de llanuras fértiles subiendo plena
pendiente gélida y rocosa me pareció tan absurda como ver a Napoleón bajando de
su corcel para montar en bicicleta
La cosa es sin
remedio. El gaucho ejecuta un repertorio de acciones en respuesta a su
circunstancia que, de repente se le tornó adversa a su visión del mundo futuro.
Siendo la vida humana algo que se hace hacia adelante, esperando traer al
presente un futuro que no está aquí ahora, el gaucho se encuentra con que la
circunstancia que se viene y que ya está ahí, hará imposible el futuro que para
él quiere. Entonces pretende hacer presente el pasado. Que vuelva el mundo que
fue. Por eso está predestinado a desaparecer con el devenir histórico. La
Historia nunca vuelve.
Me explico: su vida se desarrolla en un ambiente
histórico y en un lugar preciso. Es la pampa inmensa, sin riberas. El tiempo en
que le ha tocado vivir es revolucionario y progresista. Estamos en el último
tercio del siglo XIX. La pradera virgen padece un intenso y acerado dolor. Las
vías del carril de hierro se prenden con garfios punzantes a su epidermis y el
alambre de púas la abraza e inmoviliza su paisaje. Ambos han traído la Ley, que
se aloja en el policía, con aire de matón autoritario y soberbio. Bien lo dice
Fierro: la ley es cuchillo que no ofiende
al que lo usa. No podrá hacer ya cuanto le venga en gana ni matar ganado
sin dueño a campo libre. Menos aún matar al que le robe su china o lo ofenda en
una payada.
En definitiva,
su diálogo con la circunstancia –en que consiste su vida– se ha roto. En el nuevo mundo que le rodea, su
vida no es posible. Vano será todo intento de cambiar de ambiente. Tampoco
puede realizar su vida regresando a la barbarie.
Quizá pueda vislumbrarse algo de la calidad de esta tragedia advirtiendo que nuestra vida es lo más nuestro que podemos tener. En rigor no
tenemos a nuestra vida. Es ella quien nos tiene a nosotros. Somos llevados por
ella como el cargamento en la nao. Es ella el supuesto de toda posesión. Ya los
romanos decían que la propiedad es de los vivos. Es decir de los que viven (no de los avivados) Nuestro código recepta
este aforismo. En efecto: cuando un hombre muere sus propiedades se
transfieren.
Vivir es el
acontecimiento fundante de todo lo demás. Vivir en un sentido no meramente
biológico ya que ser hombre no es ser cosa. Vivir es hacer presente, en una muy
determinada circunstancia, un futuro que se anhela. Se puede anhelar con mayor
o menor intensidad la realización de ese futuro. En cuanto mayor la intensidad
mayor la individualidad, porque en cuanto más social es un hombre menos personal
es su destino. El gaucho fue, quizá, uno de los tipos de humanidad más
individualista existidos.
En este
paisaje recorrido hoy, sería también imposible imaginar al gaucho.
Aquí el
personaje es el arriero. Hombre que habita las orillas verdes de los arroyos, ubérrimas, pobladas por
casucas y corrales. Dependen unos de otros
para la doma y la junta de cabras, ovejas, caballos, que trashuman sus
rebaños para las dehesas de montaña en verano y retornan con sus techos en invierno a las orillas de riachos. Se
reúnen –para amasar el pan – las mujeres de varios kilómetros y
comparten sus vidas con vecinos. Conviven. De vez en cuando juntan sus ganados
a la vida salvaje y los contrabandean a Chile, empresa que requiere contar con los otros iguales. Son nos-otros.
No, no, este
hombre no es gaucho. Es el arriero de la costa andina. Por ello, por contar con
los otros, por ser menos individualista y más social, el arriero del Ande, ha
podido sobrevivir al progreso civilizatorio que sopló en la segunda mitad del
siglo XIX.
Yo los he conocido aquí. En Los Jumes, y me han servido de contracara para entender al gaucho.
EPILOGO
Mendoza, febrero de 2015
(*) Estas páginas escritas hace, justamente ahora, 60
años han sufrido los avatares del transcurrir. A todo vivir humano le es
consustancial el tiempo, y más aún cuando ha pasado la catarata de sucesos
precipitada desde entonces. ¡Tantas cosas y asuntos humanos han pasado! Me decido
al fin –por sugerencia de mi nieto Manuel– a digitalizar estos pensamientos.
Forma moderna, para ideas antiguas. Como a todo lo humano, el tiempo ha mutado
la relación de lo pensado. Pensar lo es siempre sobre un mundo vigente en donde
lo pensado dialoga con ese mundo.
Más aun, las mismas palabras dichas en aquel mundo son
llenadas con significación diferente en el mundo de hoy. El mundo vigente
antaño ya no es ogaño. Aquel mundo ya no está y tenemos la impresión que nos lo
han hurtado y podremos encontrarlo, tal vez,a la vuelta de la esquina de un
sueño. Pero los sueños, sueños son….
Hay que aclarar también que fue una licencia literaria
imaginar un viaje en tren a vapor por esos lugares. Los recorrí sí, en un viejo
jeep, por caminos polvorientos, desolados. Entonces tenía 21 años. Todo lo
demás fue…
(**) 1954
(1) El guarda-barreras era el encargado de custodiar
que el paso del tren no provocara accidentes y tenía una casilla en cada
puesto.
(2) Arbusto xerófilo de la zona árida andina.