martes, 29 de mayo de 2018

ABORTO ¿BIOLOGÍA? ¿BIOGRAFÍA?


ABORTO: ¿BIOLOGÍA? ¿BIOGRAFÍA?

Ya está aquí el tema del aborto y hemos comenzado a navegarlo, con amenaza de naufragio, en medio de un mar de datos irreflexivos. El ambiente se ha enrarecido, poblado de lugares comunes, frases hechas, sentencias rígidas dictadas por ideologías e intereses de sector. Hay flotando en el aire público un catálogo de redundancias, tópicos repetidos hasta el hartazgo, sin pausa. Las gentes no advertidas, no habituadas a pensar con cuidado asuntos complejos, inocentes en su silencio, se ven bombardeadas por este cúmulo de frases hechas que las penetran a fauces anchas, indigestando sus pensamientos. 
Salvo algún infrecuente acierto estamos perplejos por la vacuidad del discurso circundante, pleno de “verdades nebulosas” acuñadas por el automatismo de los usos, imágenes parciales que seducen los suburbios de la inteligencia y que no se fundan en el núcleo visceral del aborto, sino de una de sus aristas o lados. Son imágenes unilaterales.

Para colmo la sociedad actual se ha ido ha ido acostumbrado a pensar en máxima abreviatura. La limitación en la cantidad de caracteres de las redes sociales impide tratar los asuntos con la debida morosidad y cuidado que exigen los temas complicados.

En la expresión sumaria de 140 caracteres no se tiene en cuenta que una expresión cifrada resulta ininteligible si no se ha recorrido todo el pensamiento del cual es resultado. Una expresión en cifra es como la etiqueta de la botella que no nos transmite el gusto que sentimos cuando bebemos su contenido. Los más largos y sesudos razonamientos no bastan a transmitir lo que sentimos al degustar el delicado deleite de un vino de excelencia. Con solo la etiqueta no sabemos su sabor. No sabemos a qué sabe.  

En la antigüedad se asediaban las ciudades sitiadas, dándoles vuelta a su alrededor, muchas veces, hasta lograr conquistarla. En círculos, cada vez más cercanos,  apreciando y superando los inconvenientes que toda conquista conlleva para tener éxito. Análogamente el asedio a la verdad requiere muchos cuidados, cavilaciones y circunloquios. Al fin de cuentas, la diferencia entre el tonto y el avisado radica en que éste se descubre siempre justo a tiempo antes de caer en la tontera.

Para colmo de males, como lo que pensamos debemos expresarlo en palabras y resulta que éstas son solo moldes de significación que callan toda la circunstancia en la cual se dicen, resulta que la expresión de nuestro pensamiento deja silente lo principal que queríamos transmitir. Toda abstracción de algo humano será un molde vacío, incomprensible, separado de la circunstancia concreta en la cual se dice y a la cual refiere.

Cuando hablamos de ciencias exactas, la palabra cumple acabadamente con su cometido. Definir resultados de los experimentos químicos o comparar figuras geométricas y sus teoremas, puede ser expresado con meridiana claridad. En lo significado no interviene el hombre concreto que lo expresa. Es aquí el hombre un convidado de piedra que puede ser cualquier hombre, sin que se altere lo que se significa en las fórmulas. Tienen validez erga omnes. Nadie puede discutir que la suma de los ángulos interiores de un triángulo no sea igual a la suma de dos ángulos rectos.
Mas cuando tratamos sobre asuntos humanos e intentamos expresar lo que pensamos de sus trajines, de sus aventuras y desventuras, notamos la manquedad de las palabras que usamos, tal, que no reflejan todo lo que pensamos. Lo que decimos es, o más de lo que queríamos decir, o es menos.

Y es que en realidad la palabra solo significa lo que queremos decir cuando es dicha en una circunstancia determinada, de alguien concreto a otro alguien. La palabra vive en la circunstancia, porque de ella toma todo lo que no puede decir por sí sola. Los vocablos aquí, arriba, eso, aquello, solo significan algo cuando estamos en un lugar determinado. Análogamente, cuando hablamos con alguien, nuestro parlar incluye un sinnúmero de cosas que, por sabidas, no hace falta expresar: Los usos y hábitos del lugar, la relación individual entre los que hablan, las personas conocidas sobre las que hablan, la opinión pública dominante en ese momento y en ese lugar, el carácter específico del pueblo en el que viven, en suma, lo que en el idioma español se llama lo consabido.

Pero es el caso que cuando escribimos lo que pensamos, el destinatario de lo que decimos –el público hacia quien va dirigido– no está frente a nosotros. No nos conoce, ni lo conocemos. O lo que es lo mismo: no estamos viviendo lo dicho con ese alguien oculto y desconocido. Le hablamos a sombras que… no contestan.

Por ello es conveniente que abramos nuestra buena intensión para interpretarnos bien, sin poner el palo de la des-confianza en la rueda del entendimiento. Suspendamos los juicios dogmáticos hasta que tengamos el todo completo, o más aproximado, a lo que el que escribe quiere transmitir. Pongamos, pues,  proa al buen decir  y no al maldecir. 

ABORTO HUMANO

Aborto es interrumpir el proceso generador de vida humana, que se produce con la unión de las células germinales: óvulo y espermatozoide. Esto es lo que el aborto es o, lo que es lo mismo, este es el ser del aborto. Por lo que el tema central visceral, substantivo  –diría Aristóteles–,  del aborto, es la VIDA HUMANA que se interrumpe.
Ahora bien, la vida humana es algo. Tiene existencia. Cada cual sabe qué es la vida humana, porque vive la suya. Es la experiencia más inmediata que puede tenerse. Es el instante que, al pasar, está devorando al que viene delante,  tal,  que en cuanto está siendo, ya es pasado. La substancia del vivir es ésta y, como tal substancia que es, soporta todas las cualidades, atributos, accidentes  y consecuencias de su ser o entidad.

Lo primero a decir sobre la vida humana es que consiste en una estructura material  (que llamamos estructura biológica o cuerpo)  a la cual se incorpora otra estructura: el yo, estructura biográfica o personal de cada cual. La construcción de la biografía de cada uno constituye lo que sentimos como propiamente nuestra vida. Es la vida humana personal en su sentido más estricto.
Los griegos, que no conocieron la ciencia en su sentido actual, distinguían zoo (ζώο) –vida animal– de bíos (βιοs) –vida humana– lo que podríamos traducir por biografía. Lamarck, que no sabía griego, denominó biología a la ciencia que estudia toda vida orgánica, con el sentido amplio que tiene hoy: el estudio de todos los seres vivos, creyendo que bíos significaba vida en sentido orgánico natural. Es decir la vida como fenómeno de la naturaleza.

         Sobre y con el soporte material (cuerpo), que tiene vida orgánica, el hombre construye lo que considera su verdadera vida; su biografía.  La vida que tiene que realizar, es decir, hacer realidad. ¿Quién?  Pues yo. Mi persona. Ese yo que mentamos cuando decimos yo quiero ser artista, yo quiero ser médico, yo quiero ser ladrón, yo quiero ser filósofo, yo quiero ser don Juan, yo quiero ser boxeador, yo quiero ser poeta, yo quiero ser político, literato, ingeniero, etc. No nacimos siendo ya lo que queremos ser. Ese ser, al cual nos sentimos llamados, está en el futuro. No está aquí, ahora.

Porque la vida nos es dada. Pero no nos es dada hecha. Cada persona tiene que ir haciéndose la suya. Realizar –en el presente– un futuro que no es real, en tanto no ha llegado a ser aun realidad y, tal vez, no llegue a serlo nunca,  porque su realización es incierta.
         La persona es una realidad única, paradójica, inverosímil, antinatural o si se quiere extrañada de la naturaleza. Porque en su realidad actual, en lo que ella es en el presente, hay algo que no parece real: el futuro. En la realidad presente, actual de la persona, convive lo que es hoy y lo que orienta su acción para llegar a ser mañana –y que aún no es–. Dentro de la realidad del ahora personal está la irrealidad que será. Más aún, están de tal modo fusionadas que son –realidad e irrealidad– un solo  hecho: vivir.
Esta irrealidad forma parte constitutiva de su realidad actual. Extraña realidad que incluye en su ser actual lo que todavía no es: la irrealidad. Esta paradójica condición del ser del hombre, confronta con la realidad del ser de las cosas. En el mundo ahí fuera, las cosas tienen su realidad ya hecha. Les es dado su ser que  –para siempre– será el mismo: fijo, invariable, estático. La roca será siempre roca, sin que le sea posible cambiar, por sí misma, a ser otra cosa. Además no tiene que esforzarse para ser piedra. Por el contrario el hombre no es tal, si no se esfuerza por realizar su ser. Por tanto, su realidad es siempre un venir de y un ir a. Un movimiento una ενέργειας, energía. Ese movimiento, ese cambio de lo que es hacia lo que todavía no es, constituye su biografía. O vida personal escrita. Su ser consiste en ese cambio. Realidad haciéndose pero nunca terminada de hacerse. El hombre no es sino que va siendo. Por ello tal vez no fuera apropiado hablar del ser del hombre ya que algo que va siendo, no es. El verbo a aplicar, para esa realidad cambiante, es vivir y su acción, acontecer, pasar. La vida pasa, aconteciendo. Esto de ahora pasa hoy, lo otro mañana.  

Nada más llegar a un objetivo, vivir es encaminarse al siguiente. Por ello siempre se ha comparado vida con vía. La vía del vía-andante…
¡El camino, el camino, Sancho, no la posada¡
Nos dice el sarmentoso caballero de alocadas andaduras. Por ello la vida humana no es estar, sino hallar, hallar lo que se busca, aun sin encontrarlo.  
Vivir es proyectar, es decir, eyectarse delante. Los proyectos de nuestra vida son su argumento y solo sabemos lo que una vida fue, cuando ya no puede proyectar más, cuando ha muerto. No abundan los hombres que han cumplido el argumento de sus vidas que, en este caso, llamaremos destino y no es otra cosa que haber llegado a realizar el ser que se debía ser. No desertar en el camino. No dejarnos engañar por los melifluos cantos de sirena que prometían, a los nautas de Ulises, inmediatos  placeres. Hoy ese canto mendaz es el dinero, símbolo máximo, verdadero dios que reemplaza el hueco que deja la vocación abandonada. El tiempo es oro, nos dicen. Time is Money. ¡No, no! El tiempo está en otro nivel de calidad que el dinero. Está primero, es principal porque es principio. Está antes. Sin tiempo no hay dinero ni cualquiera otra cosa. Es la condición básica del ser del hombre. Ser y Tiempo. Ser en la circunstancia, que no solo es tiempo, sino lugar, ambos determinados El hombre concreto es el tiempo, el que le queda, claro está.

Para mi gusto nuestro ejemplo más egregio es José de San Martín.
 A despecho de las miserias y pequeñeces, que se suceden al hilo del pasar los días y que exhiben la vacuidad de la existencia, San Martín las deja a un lado y, raudamente, se ajusta al objetivo que obsesiona sus horas: ¡Independencia!.  
Con su enferma estructura biológica –padece úlceras y males hepáticos– edifica un destino ejemplar. Vemos a su persona ir realizando sin descanso ni pausa un futuro que veía con meridiana claridad. Su vida es una travesía alada hacia un polo magnético, señero, que lo atrae sin remedio.  
Disparó su vida, como un arquero la flecha al blanco.
Cuando el destino de un hombre encaja en su circunstancia de modo tal que realizarlo se hace posible, sentimos un bienestar que está más allá de todo placer corporal. Es esa delicia indefinible, sostenida,  como si fuera eterna: ”Interminabilis vitae tota simul et perfecta possesio”. Interminable vida, toda simultánea y en perfecta posesión, cual la definición de eternidad de Boecio.
Pronto advertimos la extraña similitud que este sentimiento tiene con el amor. Ambos se sienten poseídos para siempre y dados de una vez. No es extraño pues que en el amor sientan los humanos un estado de beatífica felicidad.
¿Cabe mayor felicidad que realizar el ser para el cual se está llamado?
Este es el sentido de vocación, vocatio, llamado que nos viene de un futuro incierto, para hacerlo cierto. Si alguna felicidad es posible, es ésta y no es la del hedonismo corporal o placer de los sentidos que, una vez satisfechos, desaparecen en la nada.
El acto de placer, una vez una vez realizado, termina. La felicidad de quien, instalado en su yo, realiza su destino, no termina. Lo sabía maese Jorge Manrique ya en 1470, cuando escribió las coplas a la muerte de su padre:

cuán presto se va el placer cómo después de acordado da dolor”

No sé si San Martín habrá dicho la frase que se le atribuye: serás lo que debes ser o serás nada. Pero si no la dijo, resume su vida, en la condensación de esa escueta sentencia.
         Caso paradigmático, ejemplar, para distinguir biología (cuerpo) de biografía (destino).

Pero en la realidad hombre, ambos –cuerpo y biografía–, son inescindible. Salvo en el caso de quien ya nada espera ni desesperara. Como no podía menos todo esto ya lo encontramos en el lenguaje popular, que alquitara la experiencia de la vida en aforismos decantados con cristalina simpleza. De quien ya nada espera, se dice
 ese es un muerto en vida”.

Lo que ha muerto es el futuro, los sueños, la ilusión, la esperanza. Lo que  queda es vida biológica., cuasi vegetal.  Mero intercambio de materia celular. No tiene ya blanco al cual dirigir sus flechas. No tiene futuro, no hay más biografía que realizar.  Lo que todo hombre siente como su verdadera vida –el por-venir– ya no vendrá.

         Todo esto era necesario para aclarar cuál es el verdadero objeto de esta meditación, ya que si el tema central, la substancia de que trata el aborto es la vida humana, era necesario ponernos en claro sobre qué entendemos cuando decimos vida humana. Y ahora resulta que, a un primer pronto, nos parece haber dos vidas. Ya veremos…ya veremos.

         ¿Quién construye la vida biográfica? ¿Quién es el sujeto que aspira a realizar el futuro, los proyectos, el argumento que constituyen la verdadera vida humana? Porque convengamos que alguien es. No se trata de un desconocido sino de alguien que de pronto se sintió viviendo  Sin su anuencia previa, –arrojado ahí, decía en Ser y Tiempo Heidegger en 1927, salvando su circunstancia había dicho ya Ortega en las Meditaciones del Quijote de 1914– en un tiempo y un lugar muy determinado, preciso, incanjeables. Sin que nadie le consultara si quería o no estar viviendo.

¿Quién construye la vida biográfica? Lo primero a decir es que ese alguien es justamente el que vive. En cada caso un yo, porque un tu visto desde dentro de él, es un yo. El yo de cada uno. La persona que se es, o que –más bien– se va siendo. Pero ese yo es algo indefinido, vagaroso, inasible.  Porque la filosofía romántica alemana, post kantiana, ha hecho de ese yo, EL YO, así con mayúscula, un personaje que es aplicable a todos y, por lo tanto, carente de concreción alguna. En cambio el yo al cual me estoy refiriendo es el yo concreto de cada cual. El yo personal. Ese que ante mi pregunta ¿–Quién es? Responde: yo. Este yo personal, único, irrepetible, es decir, no igual a ningún otro, resume –en su brevedad condensada– un escopetazo de biografía. No es un robot. Tras ese yo hay una persona encarnada que conozco y presenta a mi mente todos los atributos que la distinguen y la hacen única. Salta a mi memoria, desde los sótanos del pasado, la carpeta que he formado de ella haciéndome presente su unicidad, forjada en mi haber compartido con ella, vida y experiencias. Conozco, además de su soporte biológico, su biografía, sus virtudes, sus fallas, sus miradas, si el gálibo de su persona es atractivo e interesante, o no. Si es gentil o grosera y procaz. Si es culta o ignorante. Si la fineza de su carácter la hace, cual frágil mariposa, revolotear sobre todos los temas que toca y, como la varita del hada mágica, transformar la realidad tosca y cotidiana, en sueño que canta y, por lo tanto, encanta.
         Todo esto y mucho más está condensado en ésa palabra yo. En fin: tengo guardada en los sótanos de mi conciencia la ficha de su persona que mi experiencia con ella ha ido forjando y constituye su carácter. Tirtano, a quien su maestro Aristóteles llamó Teofrasto (del divino decir), forjó este concepto de carácter que alude a aquello que distingue a cada persona y las hace a todas diferentes.
        
Así pues que tras el cuerpo late, incandescente, un cúmulo de proyectos que llamo persona. Biografía que se hace con la herramienta biológica corporal o conjunto de células materiales, el aquí, en que reside la persona. Biografía que consiste en un constante hacer. Vida es quehacer.

         Esta fatigosa introducción era necesaria para despejar una confusa y generalizada noción cuando se habla de cuándo comienza la vida, referida al problema del aborto. Miríada de opiniones irreflexivas revolotean zumbando en el aire a los oídos de la gentes y, cual abejas soberbias y envanecidas, van clavando en el ambiente su aguijón de ponzoña jactanciosa y vacua.
¿A qué vida se refieren?  ¿Saben qué es la vida biológica? ¿O la biográfica? ¿Cuándo empiezan o terminan?
         Esto de las diferencias entre vida biográfica y vida biológica parece ser cosa de Perogrullo, sobre todo entre nosotros los argentinos que hemos tenido la trágica oportunidad de experimentarlo.
Muchas personas han estado y aún están buscando, sus padres biológicos, desaparecidos en medio del drama de las luchas que ensangrentaron nuestra patria en la década de 1970. Da grima advertir que de las verdades de Perogrullo no se saquen las consecuencias inevitables a que todo razonamiento coherente lleva.
 Está claro que si existieron padres biológicos desconocidos, es porque existieron también padres biográficos que, al menos, promovieron la formación de la persona que busca su origen biológico. Y es un drama humano ver cómo algunos aceptan y otros rechazan a sus padres biográficos o adoptivos. Es un drama en el cual no entro ni salgo. Me limito a señalar su existencia y dolor.

         Ahora bien: ¿quién es responsable de la existencia de esa vida en el seno materno? Aun sabiendo quién es el responsable de que esa vida exista, ¿hasta qué punto es realmente el hacedor de esa existencia?
La generación de ese algo, que está en la matriz materna, nos lleva necesariamente a la genética que, claro está, tiene la misma raíz etimológica que generación. Tendremos pues que hacer algo de

GENÉTICA
         Yo no soy genetista ni especialista en el tema, Solo he estado oteando en el horizonte toda novedad que apareciera en torno a los temas humanos desde hace años –y tengo muchos–. Éste ha sido uno de ellos. (1)

(1) Inquieto por entender la teoría de la Evolución, cayó en mis manos un libro titulado Un siglo después de Darwin de S. A. Barnet y otros. Los otros resultaron ser eminentes especialistas: T. Dobszhansky, C. H. Waddinton, D. Michie, G. de Beer, J. Maynard Smith, D. Mac Rae, J. M. Thoday y D. Daiches Raphael. Lectura apasionante que me introdujo en mares por mí nunca d’antes navegados.  Ello me llevó a muchas otras lecturas entre otras a Teoría de la Evolución de John Maynard Smith, (400 páginas de apretada, enjuta y pequeña letra que mis ojos, jóvenes en el 66 leyeron sin anteojos)  En la década del 60 se hicieron grandes avances con la síntesis de las moléculas que forman el ADN. José Oró sintetizó la adenina en el 60, Ponamperuma, la adenina con otro método, en el 63 y también la guanina. En el 66 Sánchez la citosina. La timina en 1971. Y ya no pude apartarme del todo de estos temas de la Evolución, que incluyen muchas otras disciplinas conexas como la bioquímica molecular, la antropología, etc. Mis conocimientos no son sistemáticos sino autodidácticos. Defecto que ha resultado un beneficio ya que no tengo la mirada de lupa del especialista, pero si una perspectiva que me permite relacionar diversos puntos de vista, de modo que el aspecto que presentan las cosas, es más rico que la mirada focal. Me permite contemplar el panorama desde muchas otras perspectivas. Y relacionarlas. Veo el bosque, sin que el árbol me lo oculte. En tal sentido habría que integrar los saberes de los especialistas, con un especialista en especialidades, es decir con un generalista. Eso es la filosofía.

La vida biológica celular es el resultado de la fusión de los gametos (células sexuales) masculino y femenino –en la matriz materna– dando inicio, material y formal, a otra célula llamada zigoto que es un nuevo individuo. Las células humanas tienen 46 cromosomas excepto los gametos (óvulos y espermatozoides) que contienen 23 cada uno. Al fusionarse los gametos, la nueva célula tendrá 46 cromosomas que se aparearon de madre y padre, produciéndose así un nuevo organismo que es diferente a sus progenitores, aunque portan, en forma recesiva y dominante, las características de ellos. Dependiendo las características fenotípicas  (para simplificar: son las características visibles que presenta el cuerpo, aunque hay algunas que no se ven) de cuál carácter ha primado o dominado. Si el padre tenía cabello rubio,  la madre cabello obscuro y el hijo los tiene obscuros, es que el carácter del cabello que dominó fue el de la madre. Por ello los genetistas lo llaman carácter dominante. Pero el hijo porta, en su genotipo (células reproductoras), y en forma recesiva, el carácter de cabello rubio. Este carácter escondido puede reaparecer en el nieto.
Esto está simplificado a extremo, porque una explicación minuciosa demandaría conocimientos de ADN, de sus bases adenina, timina, guanina, citosina, y de cómo se acoplan en la división de la cadena unas a otras. La Genética demuestra que el ser humano, así formado, es único, un nuevo ser distinto a sus padres, con capital genético propio y original. Por ello se ha generalizado la expresión “lo lleva en el ADN” con la cual significamos que es algo propio e irrepetible. Diferente a todo. Al extremo que el ADN ha simplificado la individualización en la medicina forense.  
        
Es así que todas las especies evolucionan –no solo la humana– porque los individuos son distintos de sus padres y antepasados. Más aún. Las mutaciones génicas, producidas en el ADN, pueden llegar a ser permanentes y constituir el inicio de un proceso evolutivo en la especie, dando lugar a características nuevas que –si son exitosas– por selección natural se perpetuarán y los individuos que las porten se reproducirán más, por vivir más tiempo, que los que no las tienen. Al respecto he visto en algún escrito un ejemplo que no sé si será real o imaginado para ilustrar esto.
Se trata de mariposas con alas blancas que habrían desaparecido en algunos lugares de la Inglaterra decimonónica. Al parecer la exhaustiva explotación del carbón que desencadenó el consumo de energía en la era industrial,  habría cubierto la superficie, adyacente a esas explotaciones, con manto negruzco. Las mariposas de alas blancas, eran muy fácilmente detectadas por pájaros y otros depredadores. Pronto desaparecieron. Las de alas obscuras perduraron. Cuando menguó la explotación, reverdecieron los campos y volvieron las alas blancas a volar, a competir, otra vez, con los poéticos pétalos de las florecillas blancas en la campiña británica. Las mariposas de alas obscuras portaban en sus genotipos las alas blancas, como carácter recesivo y, cuando las condiciones fueron propicias, reaparecieron. No sé si esto es verdad, pero, aun si no lo fuera, explica bien la coexistencia de ambos caracteres.

         Este largo paréntesis ha sido necesario para ver con claridad que cada zigoto (individuo nuevo creado por fusión de los genes femenino y masculino) es un ser único, con capital genético propio, independiente de sus pro-genitores.
         Con todo este prolegómeno creo que estamos en condiciones de abordar el problema del aborto, sin haberlo abortado antes que nos diera su fruto.

         Lo primero a decir es que el aborto se nos presenta y tiene varios aspectos y, por lo tanto, varias perspectivas desde las cuales podemos contemplar su realidad, su núcleo. Como toda persona está instalada en un cuerpo y todo cuerpo está en un aquí, resulta que forzosamente toda persona tiene una perspectiva del algo que está allí. Y así sucede que una porción grande de gentes ven el aborto allí, no como el segado de una vida, sino como la extirpación de células que todavía no viven. Que no tienen vida (independiente, agregan). Ya hemos visto en el capítulo Genética, que esto no es sostenible ni compatible con la verdad científica. No obstante hay muchas creencias que no son racionales, más aun, las verdaderas creencias no se fundan en lo racional. En las creencias se está, no es necesario sostenerlas como las ideas. Son como el piso bajo nuestros pies que nadie ha puesto en cuestión y –sin que pensemos en ello– contamos con ello.

         Mas quienes argumentan que en el zigoto (feto) aún no hay vida,  no lo hacen por creencia. Sostienen esta idea desde una heterodoxia que les parece apropiada al objetivo que persiguen, que –según dicen– es salvar las vidas de muchas mujeres que mueren por realizarse prácticas abortivas clandestinas.

         Más modestamente, otros sostienen que el aborto debe producirse cuando el feto ha cumplido algunas semanas. Postura (de poner) arbitraria y contradictoria ya que no explica cómo, en un proceso que ya estaba iniciado y en curso progresivo, aparece súbitamente la vida, sin que haya una causa eficiente,
         Algunos, para salvar este inconveniente, sostienen que en esas semanas aparece la persona, que es a quien que hay que proteger, ya que la persona es sujeto de derecho. Antes de eso no habría persona y por lo tanto el aborto sería mera intervención quirúrgica para extirpar una excrecencia superfetatoria no deseada.

         Asoma aquí, súbitamente, la persona; se nos hace presente cual persona-je inesperado que es preciso definir con rigor, pues es el centro del argumento. Ahora se advierte por qué iniciamos esta meditación con la distinción entre vida biológica y vida biográfica o personal. Veamos qué es y cuándo aparece la persona

PERSONA
         Ante todo debemos preguntarnos si la persona es una realidad o el nombre de algo inconsistente. Un flatus vocis, vacío de contenido, explosión de aire. Por lo pronto tenemos que realidad no son solo las cosas materiales ahí fuera, sino todas las cosas con las que tengo que contar para realizar mi vida. Nada es más real que los problemas que se me presentan a toda hora. Especialmente las dificultades para ser el que quiero ser.
         Si por persona entendemos no un algo sino un alguien, no habrá dificultad en asumir que persona es alguien que quiere ser y seguir siendo en el futuro. No morir por ej. El suicida es una persona que no quiere ser en el futuro, justamente porque cree no tener más futuro para realizar o porque el futuro que quería para sí, ya no es posible.
         Todos hemos asistido a la aparición de nuestra persona. No digo que hayamos tenido conciencia de su progresiva aparición, sino que hemos ido viviendo, ésa, su aparición. Si a este hecho lo sometemos a un análisis fenomenológico tenemos que

1.   La persona nos ha ido apareciendo de a poco. Cuando nacemos no tenemos conciencia del yo. El cuerpecito indefenso de mi recién nacer, va siendo insertado en lo que llamo ser hombre mediante los primeros descubrimientos corporales. Es el cuerpo quien nos da primeras noticias del mundo exterior. Son el placer del calor corporal materno, la leche que succiono de su seno, los mimos con que me enseña (del lat. Insigna: señal), los juegos con que alegra mis vacíos El dolor marca los límites de mi cuerpo, los cuales aprendo a conocer con los chichones y cardenales de los golpes con las esquinas de las cosas.
2.   Las primeras palabras, no las inventamos nosotros, no son nuestras, sino que nos las insuflan, por imitación primero, asimilación y entendimiento después. Nos vienen de nuestro contorno familiar y luego del dintorno social, de los otros, de la Sociedad.
3.   Así, poco a poco, vamos siendo humanizados, introducidos en ser humano, nos vamos realmente hominizando, dejado atrás el póngido catarrino, el australopiteco. 
4.   Pero las palabras que nos fueron enseñadas tampoco fueron inventadas por los otros que nos las enseñaron, también ellos las aprendieron en su hora. El lenguaje que hablamos es el resultado de milenarias experiencias, de generaciones que incorporaron el invento de algún  individuo, quien acertó a designar algo nuevo que descubrió, con una palabra nueva.  El lenguaje es pues un inmenso andamiaje de significaciones preexistente, que inventaron otros y que está ahí vigente. Me es impuesto con la vigencia que tiene todo uso social, ya que contravenirlo me traería consecuencias ingratas.
5.   Vienen (con las palabras y el lenguaje)  ideas, interpretaciones, sentidos, que se introducen en nosotros subrepticiamente, de contrabando, sin que nos demos cuenta, sin que el gendarme de la conciencia los haya sometido a control de calidad.
6.   Tropezamos con el otro nada más nacer y antes de tener conciencia alguna de mi mundo o mundo propio, me va siendo inyectado, impreso, el mundo de los otros.
7.   Como fui un mamífero nidífugo, salí del nido antes de estar preparado para vivir por mi cuenta, solo, en la naturaleza. Por eso, mi vida biológica dependió de otros quienes tenían el tesoro de cuanto yo necesitaba y me lo fueron proveyendo.
8.   Yo sabía, entonces, nada y menos que el hombre es un ser extrañado de la naturaleza. Alguien que mal está en la naturaleza. Que para sentir bien estar en la naturaleza, interpone, entre él y el contorno hostil, una creación antinatural o sobre naturaleza, en la que si siente bien estar y sí puede vivir. Esas creaciones, no naturales, son las ciudades, la calefacción, los abrigos, casas, caminos. TV, hospitales, ciencias, libros, universidades. En suma: la cultura. Cultura que no es ornato o algo que agregamos a nuestra persona para lucir mejor, sino la caja de herramientas que necesitamos usar para acertar en nuestro trato con la circunstancia. La persona tiene un tiempo limitado para realizarse y como el tiempo que se pierde no se recupera, es de mi vital importancia acertar. (2)

(2) Por ello Napoleón decía: “pedidme cualquier cosa menos tiempo, porque no me lo podréis devolver”

9.   Yo sabía nada de todo esto e inauguré eso que llamo mi vivir, viviendo a través de los otros, de su lenguaje, de sus acciones, de sus hábitos y usos. Así proyecté, sin saberlo, cuanto les veía hacer y decir.
10.               Con lo cual resulta que mi realidad era ese hueco, que iba siendo llenado con las realidades de los otros. Yo no sabía que iba a tener una vida biológica que me fueron facilitando los otros. Menos aún que iba vivir una vida biográfica para la cual me iban a ir preparando, comenzando por enseñarme (señalar) a hablar, leer, sumar, etc. para terminar por introducirme en ese gigantesco, sideral ámbito de humanidad, acumulado en la Historia y que se resume con la palabra Cultura. Yo sabía nada de todo eso, de modo que todo lo que introdujeron en mí, era –para mí– la realidad. Realidad que daba, sin más, por lo auténtico. Y así, ante cualquier problema o dificultad ahí, yo respondía con lo aprendido, que –claro está– estaba prendido a mí, automáticamente,  recibido de los otros.
11.               Luego, pasando los años, se me presentaron problemas más graves, en que la respuesta automática, aprendida, no sirvió. Situaciones límite, tal vez pequeños dramas personales que requieren una respuesta única, no aprendida, tuve que des-prenderme de lo prendido para pensar por mi cuenta. Ese universo convencional se reveló inútil y me forzó a encontrar una solución no recibida. Y entonces me fue necesario ensimismarme (mejor en -mismarme) e inventar una solución propia –usando, desde luego, las herramientas recibidas –. Me salí del fuera y me metí en un lugar dentro mío que llamo mí mismo. Un lugar que está en ningún lugar y que no tiene el animal. Me salí del momento presente, negué el pasar del ahora y me representé cómo debería ser la realidad futura para superar ese presente ominoso, sin solución, que me afligía.  Claro está que no tuve conciencia de qué hacía. Simplemente lo hice apremiado por lo adverso.
12.               Es en estas circunstancias que descubro que tengo una vida propia, distinta de la vida que me insuflaron los otros. Porque me doy cuenta que tengo un mí mismo. Un yo. Que aparece tardíamente, después del tu de los otros. Esta vida propia es la verdaderamente mía, la que soy yo en la soledad de mi vivir.
13.               Cuando ese yo que soy adquiere conciencia, aparece esa extraña realidad de la persona. Hace bien el Derecho en colocar la responsabilidad en torno a esos años. Es curioso advertir que las religiones –más severas que el Derecho– coloquen el estado de conciencia en edad más precoz, en que aparece el pecado y ello ocurre en torno a los ocho a diez años. Es la confirmación que –dicen los curas– imprime carácter. El pecado es la transgresión de la norma moral, mientras que la transgresión de la norma jurídica solo es imputable a partir de mayores edades (14, 16, 18, 21 años) en diversos ordenamientos legales.

Con todo esto  – y con el lector que llegó hasta aquí, haciendo gala de paciencia encomiable– hemos asistido a la aparición de la persona o estructura biográfica encarnada en el cuerpo o estructura biológica. Aparición que era necesario elucidar  porque algunos sostienen que la persona aparece algunas semanas después de la concepción, a partir de la cual fecha, no se podría realizar el aborto.
Hemos visto precedentemente que la persona aparece mucho más tarde, años más tarde.  
Sin embargo esto permite avizorar que la persona en acto (es decir, presente) se encuentra ya en potencia en el zigoto fecundado, en el claustro materno (feto), pues es por desenvolvimiento o desarrollo de éste en el tiempo y es de un modo progresivo que va apareciendo.
Más simple: en el feto está en potencia la persona.

De modo que cuando impedimos el desarrollo del cuerpo o segamos la vida del cuerpo, también estamos segando la vida de la persona. Estamos impidiendo que algún día llegue a realizar su vida humana propiamente dicha.

También se ha escuchado, como supremo argumento, que un porcentaje de las mujeres que abortan mueren por la mala práctica de chapuceros que negocian con la desesperación.
Todos estos argumentos no tratan el ser en sí del aborto, sino sus consecuencias.
Hay que ante-poner, a cualquier otro poner o posición, que el asesinato de una víctima inocente es una maldad en sí, o lo que es igual, en el ser mismo del asesinato al inocente, en el núcleo de ese asesinato, el ingrediente maldad constituye parte de su esencia y lo condenamos por ese su propio ser, por su esencia, independientemente de las consecuencias sociales que conlleve.

¿Es moralmente aceptable que, para evitar una posible muerte de la madre, matemos una estructura biológica en acto? Quiero decir: la muerte de la madre está en grado de potencia, es algo que puede o no suceder. En cambio el ser viviente que matamos en el aborto es, no una potencia de ser, una posibilidad, sino un ser en acto. Un ser que está ahí. No algo posible sino algo que es, algo que existe. Un ser concreto que actualmente vive. En el esperma y el óvulo, separados, no está ese ser todavía inexistente, que, para llegar a ser real y  existente, requiere la unión de ambos en la fecundación.  Por ello es coherente evitar la fecundación, si se quiere evitar segar una vida. Porque, en cuanto fecundado, el ser que estaba en potencia ya se ha convertido en acto. Es, actualmente.
La vida es la realidad en la cual se dan todas las demás. Nadie tiene pues derecho a segar una vida. Menos que nadie el asesino victimario de inocentes.
Pero tampoco el Estado, por más argumentos que se esgriman, puede moralmente matar. Solo es admisible el asesinato cuando es en defensa de la propia vida o la de un tercero, contemplados en el art. 34 del CPN. O el otro caso de la madre en peligro médico inminente de vida, por la continuidad del embarazo
Aun, este evento, es un caso de conciencia la última decisión.
¿Qué diríamos del aborto si se hubiera practicado en el caso de los fetos de San Martín o Lutero, Gutenberg, Francisco de Asís, Cervantes, Leonardo da Vinci Mendel, Cicerón, Miguel Ángel, Homero, Platón, Einstein, Clístenes,  Pasteur, Newton y un interminable etcétera, o cualquiera de esas otras magnas personas autoras de las excelencias más puras que están incorporadas al patrimonio humano y de las cuales gozamos en nuestra vida social y personal –gracias a ellos–?
Porque todos ellos fueron también fetos sobre cuyos cuerpos esos magnos ánimos elaboraron sus excelsas creaciones, de las que hoy gozamos. El hombre es el animal heredero. Cuando inicia su vida como persona, recibe todo el pasado en forma de lenguaje, usos, cultura atesorada por mil generaciones anteriores de las cuales el pusilánime ni sospecha que se las deba a vidas humanas pasadas.
El hombre común usa de  todas estas maravillas como si estuvieran ya ahí, cual frutos de los árboles u otros productos naturales. Cuando alguno de estos vociferantes ,anti-abortistas o abortistas, usa del idioma para expresar lo que piensa, no sabe que cuando dice por ej.: la idea del aborto el concepto de idea que está usando como si fuera de él, se lo debe a Platón, que inventó la palabra idea (que antes de Platón no existía), a partir de una raíz del griego que significa ver. Fabricó la palabra para significar el concepto de idea, que solo fue entendido por unos pocos. Para expresar el nuevo concepto tuvo que usar las palabras que estaban ahí en el lenguaje hablado por sus coetáneos y darle al vocablo ver (que solo era ver con los ojos) un sentido más extenso: ver con la mente. Pero esto lo entendieron muy pocos. Como hoy son muy pocos los que entienden la teoría de la relatividad. Dentro de unos siglos les parecerá extraño, a los hombres de esa época, que nos costara tanto a nosotros entenderla. Pero ¡qué le vamos a hacer! ya los griegos decían que “los molinos de los dioses muelen despacio”. 
La masa informe de Grecia y del mundo Helenístico siguió creyendo en los dioses. (3)

(3) “Un somero paso por la cultura griega, enseña que los poetas homéricos, anteriores a Sófocles, no funcionan (en Grecia) con los módulos de lo que para nosotros es literatura. Homero representó durante 500 o más años, el prototipo del saber. Los griegos se rigieron por los poemas en una medida más intensa y exclusiva que nosotros por la ciencia. Las concepciones básicas que tuvieron de la realidad –el saber fundamental de la vida– arraigan casi sin excepción, en estos relatos versificados que, para nosotros, se agotan en una resonancia de admirable literatura. Las expresiones más poéticas –menos reales– fueron vividas con seriedad análoga a la que ata a los hombres del siglo XX al forzoso encadenamiento de unas ecuaciones. Para un griego clásico, Homero era ciencia, más aún: era la ciencia. Homero encarnaba el compendio básico del saber acerca de los dioses y de los hombres. No es una teología. Respecto a los hombres, Homero sigue el derrotero de una ética aristocrática y guerrera, indispensable punto de referencia en la educación helénica. Homero y los antiguos poetas, componen la interpretación inmediata del mundo en que se vive. Es la autoridad, a que fundamentalmente se recurre, en los problemas menudos o arduos que la vida plantea.  Saber de tradición, es vivido como el núcleo en que reposa y que mantiene unida la comunidad. Para el griego, durante largo lapso, el saber y la imaginación poética, estuvieron indisolublemente ligados. Saber, era saber lo que decían los poetas. Cuando un griego se refería a la literatura, mentaba una realidad distinta a la que ese nombre significa en nuestros días. Distinta, sobre todo, en el cimiento que dota de sentido a cualquier realidad humana: su función vital, el papel que juega en el conjunto de funciones que llamamos vida humana.
No es que no se pueda filiar un sistema de rasgos, caracterizadores del hecho literario, válido, en su abstracta generalidad, para obras de distintos tiempos. La cuestión es otra. Se trata de que tales rasgos callan lo esencial si, en cada caso, no se los hace funcionar en la concreta circunstancia histórica de que proceden. Llenar de contenido histórico cualquier nota de rigidez intemporal, es imperativo ineludible a quien no quiera quedarse en el cómodo limbo del intelecto puro. La flexión histórica de los conceptos viene exigida, en suma, por los objetos mismos. No es posible saber qué sea literatura, interrogando solamente los volúmenes que pueblan las bibliotecas. La tarea consiste en recrear el contexto viviente en que brotaron, el suelo y el aire en que adquieren plenitud real de sentido. El público, es ingrediente esencial de lo escrito. Sin él, lo escrito pierde sentido Y ese público de Sófocles, es el público homérico para el cual el saber, era saber lo que decían los poetas” (“En Torno al Hecho Literario”, Facultad de Filosofía y Letras de la U. N. C. n° 1 1956, pág. 193/ss. Dr. Adolfo Ruíz Díaz)
Solo siglos después fue penetrando, cual gota de agua que orada la roca de la estolidez, lo que significaba esta idea de la idea. Lo propio ha acontecido con la multitud incalculable, la legión de inventos antinaturales que heredamos de las vidas pasadas y que son, siempre, creación personal de alguien, de un individuo.
La sociedad no inventa. La sociedad hace que el invento no se pierda, no se olvide en la noche obscura del pasado. Para evitarlo, lo consolida en uso social. De ello es máximo ejemplo la lengua común que atesora como joyas iridiscentes cada nuevo descubrimiento de realidad que hacen sus individuos.
A esos magnos ánimos debemos el hombre que hoy somos. (4)
 Advirtamos, de paso, que la clasificación de los hombres en magnánimos y pusilánimes, acuñada en el medioevo, se refiere a las grandes almas y las pequeñas almas. Para impedir que se esgriman falacias de mera retórica, intentando atribuir a esta meditación un falso sentido religioso, que no tiene, sustituyamos el vocablo alma por persona. Hablemos de grandes personas y pequeñas personas como hablamos de buenas, malas, feas o bellas, personas.

(4)  Cuando algún santurrón –creyendo hablar con palabras y pensamientos propios, que él cree haber fraguado– nos dice beatíficamente:
“La virtud, –como cualidad, concepto o ideal de conducta, cuya finalidad es actualizar las posibilidades del hombre para formar su carácter, esa virtud es materia en general de la ética ya que la moral debe ser la substancia y la esencia de la acción humana en relación a las pasiones. Esto es algo necesario  y no contingente en cada caso particular”.
Este ditirambo no es invento mío. Así decía un profesor de Moral en mi Secundaria. Parecía no saber que:
Virtud es un concepto socrático Concepto también lo acuña Sócrates Cualidad es una categoría de la realidad inventada por Aristóteles opuesta a Cantidad que también es de su invención. Ideal  viene de idea palabra inventada por Platón ya explicada Finalidad es el objeto que persigue una acción o causa final. Causa final o thelos es de Aristóteles. La vemos en televisión, teleobjetivo, telémetro, etc. Actualizar viene de Acto que Aristóteles opone a Potencia para explicar el cambio o movimiento que hace que algo que no era, devenga a ser lo que es. El ej. clásico es la semilla que contiene en potencia lo que será el acto árbol. Posibilidad es la cualidad de la potencia explicada precedentemente. Formar es dar forma, categoría aristotélica para explicar lo  que da informa a la Materia. Materia es aquello de que está hecho algo, que no es lo que ahora entendemos por materia ya que aquello de que está hecho algo puede ser una historia o un drama, o el argumento de una pieza teatral. Carácter concepto inventado por Tirtano a quien su maestro Aristóteles llamó
Teofrasto, de Teos: dios y frastos: decir, frasear. El del divino decir, General por oposición a particular ambas categorías aristotélicas
Por no hablar de quien inventó el fuego, la rueda, la agricultura, las máquinas, la generación de electricidad, y un infinito etcétera. Todos fueron chispazos neuronales de algún alguien, de una persona concreta con imaginación mayúscula, que alguna vez fue feto. No es casual que Sócrates denominara su método para enseñar, para conocer, como la Mayéutica, o sea el arte de dar a luz, descubrir, levantarles las faldas a las cosas. Lo que en griego significa ALETHEYA.-

Afirmar que tenemos derecho a la vida o, lo que es lo mismo, que la vida es un derecho, algo existente a lo cual el derecho reconoce entidad suficiente para hacerla digna de su atención, es una falsedad. La vida no es un derecho. Es un hecho. Un puro factum. El hecho fundante de todo derecho. Es la realidad radical en la cual se fundan y radican todas las demás realidades de la cultura y de todo lo que es. Sin vida no hay derecho, ni cultura, ni leyes, ni tribunales. Sin vida, hay nada. Porque aun concediendo que más allá pudiera haber otra vida, sería otra y no ésta. Otra de la cual sabemos nada. Es en ésta vida que se nos da el mundo de los otros y nuestro mundo.
Por tanto, la defensa de la vida es anterior a todo derecho, y aún más importante que toda otra realidad. Piensen, cada uno de nosotros, ¿qué existiría sin vida? Porque hasta lo que llamo la realidad es ya una interpretación que mi vida hace de lo que me circunda, de lo que es la circunstancia de ese hecho que es vivir.
El hecho primario en el cual se dan todos los demás, es la vida de cada cual. El Derecho es una creación de la cultura, como lo son las Matemáticas, la Física, el Amor, la Poesía, los Usos… Todas ellas son realidades radicadas y no radicales. La vida, como realidad radical, fue la gran averiguación de José Ortega y Gasset.
Este asunto tiene más importancia de lo que a primera vista parece porque a diario hablamos, por ejemplo, del derecho a la legítima defensa de la vida, consagrado en todos los códigos penales del mundo civilizado Y resulta que cuando alguien defiende su vida, no está ejerciendo  un derecho, sino defendiendo un hecho sin el cual no habría derecho ni derechos. Decir que la vida es el primer derecho humano o individual es poner la carroza por delante de los caballos. La vida es algo primario, previo, principal, principio. Adviértase que la raíz de todas estas calificaciones está en primero, lo primero. Segar una vida es mucho más grave que faltar a una norma del derecho vigente. Es imposibilitar la existencia del todo y de todo. Porque de nada sirve que se reconozca que tenía derecho a vivir, cuando lo que le falta no es el derecho sino el hecho de vivir, que nadie puede devolver. De los niños se dice que son inocentes (in noscens, tis: sin daño)  Defender la vida de un inocente, es lo que opina ALETHEYA 33 sobre la víctima por nacer.


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