ABORTO: ¿BIOLOGÍA? ¿BIOGRAFÍA?
Ya está aquí
el tema del aborto y hemos comenzado a navegarlo, con amenaza de naufragio, en
medio de un mar de datos irreflexivos. El ambiente se ha enrarecido, poblado de
lugares comunes, frases hechas, sentencias rígidas dictadas por ideologías e
intereses de sector. Hay flotando en el aire público un catálogo de
redundancias, tópicos repetidos hasta el hartazgo, sin pausa. Las gentes no advertidas,
no habituadas a pensar con cuidado asuntos complejos, inocentes en su silencio,
se ven bombardeadas por este cúmulo de frases hechas que las penetran a fauces
anchas, indigestando sus pensamientos.
Salvo algún infrecuente acierto
estamos perplejos por la vacuidad del discurso circundante, pleno de “verdades
nebulosas” acuñadas por el automatismo de los usos, imágenes parciales que seducen los suburbios de la inteligencia y que no
se fundan en el núcleo visceral del aborto, sino de una de sus aristas o lados.
Son imágenes unilaterales.
Para colmo la sociedad actual se ha ido ha ido acostumbrado a pensar en máxima abreviatura. La limitación en la cantidad
de caracteres de las redes sociales
impide tratar los asuntos con la debida morosidad y
cuidado que exigen los temas
complicados.
En la
expresión sumaria de 140 caracteres no se tiene en cuenta que una expresión
cifrada resulta ininteligible si no se ha recorrido todo el pensamiento del cual es resultado. Una expresión
en cifra es como la etiqueta de la botella que no nos transmite el gusto
que sentimos cuando bebemos su contenido. Los más largos y sesudos
razonamientos no bastan a transmitir lo que sentimos al degustar el delicado
deleite de un vino de excelencia. Con solo la etiqueta no sabemos su sabor. No
sabemos a qué sabe.
En la antigüedad se asediaban las ciudades sitiadas, dándoles vuelta a
su alrededor, muchas veces, hasta lograr conquistarla. En círculos, cada vez
más cercanos, apreciando y superando los inconvenientes que
toda conquista conlleva
para tener éxito. Análogamente el asedio a la verdad requiere
muchos cuidados, cavilaciones y circunloquios. Al fin de cuentas, la diferencia
entre el tonto y el avisado radica en que éste se descubre siempre justo a
tiempo antes de caer en la tontera.
Para colmo de males, como lo que pensamos debemos expresarlo en palabras
y resulta que éstas son solo moldes de
significación que callan toda la circunstancia en la cual se dicen, resulta que
la expresión de nuestro pensamiento deja silente lo principal que queríamos
transmitir. Toda abstracción de algo humano será un molde vacío, incomprensible,
separado de la circunstancia concreta en la cual se dice y a la cual refiere.
Cuando hablamos de ciencias exactas, la palabra cumple acabadamente con
su cometido. Definir resultados de los experimentos químicos o comparar figuras
geométricas y sus teoremas, puede ser expresado con meridiana claridad. En lo
significado no interviene el hombre concreto que lo expresa. Es aquí el hombre
un convidado de piedra que puede ser cualquier hombre, sin que se altere lo que
se significa en las fórmulas. Tienen validez erga omnes. Nadie puede discutir que
la suma de los ángulos interiores de un triángulo no sea igual a la suma de dos
ángulos rectos.
Mas cuando
tratamos sobre asuntos humanos e intentamos expresar lo que pensamos de sus
trajines, de sus aventuras y desventuras, notamos la manquedad de las palabras
que usamos, tal, que no reflejan todo lo que pensamos. Lo que decimos es, o más
de lo que queríamos decir, o es menos.
Y es que en
realidad la palabra solo significa lo que queremos decir cuando es dicha en una
circunstancia determinada, de alguien concreto a otro alguien. La palabra vive
en la circunstancia, porque de ella toma todo lo que no puede decir por sí sola. Los vocablos aquí, arriba, eso,
aquello, solo significan algo cuando estamos en un lugar determinado.
Análogamente, cuando hablamos con alguien, nuestro
parlar incluye un sinnúmero de cosas que, por sabidas, no hace falta expresar:
Los usos y hábitos del lugar, la relación individual entre los que hablan, las
personas conocidas sobre las que hablan, la opinión pública dominante en ese
momento y en ese lugar, el carácter específico del pueblo en el que viven, en
suma, lo que en el idioma español se llama lo consabido.
Pero es el
caso que cuando escribimos lo que pensamos, el destinatario de lo que decimos –el
público hacia quien va dirigido– no está frente a nosotros. No nos conoce, ni
lo conocemos. O lo que es lo mismo: no estamos viviendo lo dicho con ese alguien
oculto y desconocido. Le hablamos a sombras que… no contestan.
Por ello es
conveniente que abramos nuestra buena intensión para interpretarnos bien, sin
poner el palo de la des-confianza en la rueda del entendimiento. Suspendamos
los juicios dogmáticos hasta que tengamos el todo completo, o más aproximado, a
lo que el que escribe quiere transmitir. Pongamos, pues, proa al buen decir y no al maldecir.
ABORTO HUMANO
Aborto es interrumpir el proceso
generador de vida humana, que se produce con la unión de las células germinales: óvulo y
espermatozoide. Esto es lo que el aborto es o, lo que es lo mismo, este es el ser del aborto. Por lo que el tema
central visceral, substantivo –diría
Aristóteles–, del aborto, es la VIDA
HUMANA que se interrumpe.
Ahora bien, la
vida humana es algo. Tiene existencia. Cada cual sabe qué es la vida humana,
porque vive la suya. Es la experiencia más inmediata que puede tenerse. Es el
instante que, al pasar, está devorando al que viene delante, tal,
que en cuanto está siendo, ya es pasado. La substancia del vivir es ésta y, como tal substancia que es, soporta todas las
cualidades, atributos, accidentes y consecuencias
de su ser o entidad.
Lo primero a
decir sobre la vida humana es que consiste en una estructura material (que llamamos estructura biológica o cuerpo) a la cual se incorpora otra estructura: el yo, estructura biográfica o personal de
cada cual. La construcción de la biografía de cada uno constituye lo que
sentimos como propiamente nuestra vida. Es la vida humana personal en su
sentido más estricto.
Los griegos, que no conocieron la ciencia en su sentido
actual, distinguían zoo (ζώο) –vida animal–
de bíos (βιοs) –vida humana– lo que podríamos
traducir por biografía. Lamarck, que no sabía griego, denominó biología a la
ciencia que estudia toda vida orgánica, con
el sentido amplio que tiene hoy: el estudio de todos los seres vivos, creyendo
que bíos significaba vida en sentido orgánico natural. Es decir la vida como
fenómeno de la naturaleza.
Sobre y con el soporte material (cuerpo), que
tiene vida orgánica, el hombre construye lo
que considera su verdadera vida; su biografía.
La vida que tiene que realizar,
es decir, hacer realidad. ¿Quién? Pues yo. Mi persona. Ese yo que mentamos
cuando decimos yo quiero ser artista,
yo quiero ser médico, yo quiero ser ladrón, yo quiero ser filósofo, yo quiero ser don Juan, yo quiero ser boxeador, yo quiero ser poeta, yo quiero ser político, literato,
ingeniero, etc. No nacimos siendo ya lo que queremos ser. Ese ser, al cual nos
sentimos llamados, está en el futuro. No está aquí, ahora.
Porque la vida nos es dada. Pero no nos es dada
hecha. Cada persona tiene que ir haciéndose la suya. Realizar –en el
presente– un futuro que no es real, en tanto no ha llegado a ser aun realidad
y, tal vez, no llegue a serlo nunca, porque
su realización es incierta.
La
persona es una realidad única, paradójica, inverosímil, antinatural o si se quiere
extrañada de la naturaleza. Porque en su realidad actual, en lo que ella es en
el presente, hay algo que no parece real: el
futuro. En la realidad presente, actual de la persona, convive lo que es hoy y lo que orienta su acción para llegar
a ser mañana –y que aún no es–. Dentro de la realidad del ahora personal está la irrealidad que será. Más aún, están de tal modo fusionadas que son
–realidad e irrealidad– un solo hecho: vivir.
Esta irrealidad forma parte constitutiva de su
realidad actual. Extraña realidad que incluye en
su ser actual lo que todavía no es: la irrealidad. Esta paradójica condición del ser del hombre, confronta con la
realidad del ser de las cosas. En el mundo ahí fuera, las cosas tienen
su realidad ya hecha. Les es dado su ser que –para siempre– será el mismo: fijo,
invariable, estático. La roca será siempre roca, sin que le sea posible cambiar,
por sí misma, a ser otra cosa. Además no tiene que esforzarse para ser piedra.
Por el contrario el hombre no es tal, si no se esfuerza por realizar su ser. Por tanto, su realidad es siempre
un venir de y un ir a. Un movimiento
una ενέργειας, energía. Ese movimiento, ese cambio de lo que es hacia lo que
todavía no es, constituye su biografía.
O vida personal escrita. Su ser consiste en ese cambio. Realidad haciéndose
pero nunca terminada de hacerse. El hombre no es sino que va siendo. Por ello tal vez no fuera apropiado hablar del ser del hombre ya que algo que va siendo, no es. El verbo a aplicar,
para esa realidad cambiante, es vivir y su acción, acontecer, pasar. La vida
pasa, aconteciendo. Esto de ahora pasa hoy, lo otro mañana.
Nada más
llegar a un objetivo, vivir es encaminarse al siguiente. Por ello siempre se ha
comparado vida con vía. La vía del vía-andante…
¡El camino, el camino, Sancho, no la posada¡
Nos dice el
sarmentoso caballero de alocadas andaduras. Por ello la vida humana no es
estar, sino hallar, hallar lo que se busca, aun sin encontrarlo.
Vivir es
proyectar, es decir, eyectarse delante. Los proyectos de nuestra vida son su argumento y solo sabemos lo que una vida
fue, cuando ya no puede proyectar más, cuando ha muerto. No abundan los hombres
que han cumplido el argumento de sus vidas que, en este caso, llamaremos
destino y no es otra cosa que haber llegado a realizar el ser que se debía ser.
No desertar en el camino. No dejarnos engañar por los melifluos cantos de
sirena que prometían, a los nautas de Ulises, inmediatos placeres. Hoy ese canto mendaz es el dinero,
símbolo máximo, verdadero dios que reemplaza el hueco que deja la vocación
abandonada. El tiempo es oro, nos dicen. Time
is Money. ¡No, no! El tiempo está en otro nivel de calidad que el dinero. Está
primero, es principal porque es principio. Está antes. Sin tiempo no hay dinero
ni cualquiera otra cosa. Es la condición básica del ser del hombre. Ser y
Tiempo. Ser en la circunstancia, que no solo es tiempo, sino lugar, ambos
determinados El hombre concreto es el tiempo, el que le queda, claro está.
Para mi gusto
nuestro ejemplo más egregio es José de San Martín.
A despecho de las miserias y pequeñeces, que se
suceden al hilo del pasar los días y que exhiben la vacuidad de la existencia,
San Martín las deja a un lado y, raudamente, se ajusta al objetivo que
obsesiona sus horas: ¡Independencia!.
Con su enferma
estructura biológica –padece úlceras y males hepáticos– edifica un destino
ejemplar. Vemos a su persona ir realizando sin descanso ni pausa un futuro que
veía con meridiana claridad. Su vida es una travesía alada hacia un polo
magnético, señero, que lo atrae sin remedio.
Disparó su
vida, como un arquero la flecha al blanco.
Cuando el destino de un hombre encaja en su
circunstancia de modo tal que realizarlo se hace posible, sentimos un bienestar
que está más allá de todo placer corporal. Es esa delicia indefinible,
sostenida, como si fuera eterna: ”Interminabilis vitae tota simul et perfecta
possesio”. Interminable vida, toda simultánea
y en perfecta posesión, cual la definición de eternidad de Boecio.
Pronto advertimos la
extraña similitud que este sentimiento tiene con el amor. Ambos se sienten
poseídos para siempre y dados de una vez. No es extraño pues que en el amor
sientan los humanos un estado de beatífica felicidad.
¿Cabe mayor felicidad que realizar el ser para el cual
se está llamado?
Este es el sentido de vocación, vocatio,
llamado que nos viene de un futuro incierto, para hacerlo cierto. Si alguna felicidad es posible, es ésta y no es la
del hedonismo corporal o placer de los sentidos que, una vez satisfechos,
desaparecen en la nada.
El acto de placer, una vez una vez realizado, termina.
La felicidad de quien, instalado en su yo, realiza su destino, no termina. Lo
sabía maese Jorge Manrique ya en 1470, cuando escribió las coplas a la muerte
de su padre:
“cuán presto se va el placer cómo
después de acordado da dolor”
No sé si San
Martín habrá dicho la frase que se le atribuye: serás lo que debes ser o serás nada. Pero si no la dijo, resume su
vida, en la condensación de esa escueta sentencia.
Caso
paradigmático, ejemplar, para distinguir biología (cuerpo) de biografía (destino).
Pero en la
realidad hombre, ambos –cuerpo y biografía–, son inescindible. Salvo en el caso
de quien ya nada espera ni desesperara. Como no podía menos todo esto ya lo encontramos
en el lenguaje popular, que alquitara la
experiencia de la vida en aforismos decantados con cristalina simpleza. De quien
ya nada espera, se dice
“ese es
un muerto en vida”.
Lo que ha muerto es el futuro, los sueños, la ilusión, la
esperanza. Lo que queda es vida biológica., cuasi vegetal. Mero intercambio de materia celular. No tiene
ya blanco al cual dirigir sus flechas. No tiene futuro, no hay más biografía
que realizar. Lo que todo hombre siente
como su verdadera vida –el por-venir– ya no vendrá.
Todo
esto era necesario para aclarar cuál es el verdadero objeto de esta meditación,
ya que si el tema central, la substancia de que trata el aborto es la vida
humana, era necesario ponernos en claro sobre qué entendemos cuando decimos vida humana. Y ahora resulta que, a un
primer pronto, nos parece haber dos vidas. Ya veremos…ya veremos.
¿Quién
construye la vida biográfica? ¿Quién es el sujeto que aspira a realizar el
futuro, los proyectos, el argumento que constituyen la verdadera vida humana? Porque
convengamos que alguien es. No se trata de un desconocido sino de alguien que
de pronto se sintió viviendo Sin su
anuencia previa, –arrojado ahí, decía
en Ser y Tiempo Heidegger en 1927, salvando
su circunstancia había dicho ya Ortega en las Meditaciones del Quijote de 1914–
en un tiempo y un lugar muy determinado, preciso, incanjeables. Sin que nadie
le consultara si quería o no estar viviendo.
¿Quién
construye la vida biográfica? Lo primero a decir es que ese alguien es
justamente el que vive. En cada caso un yo, porque un tu visto desde dentro de
él, es un yo. El yo de cada uno. La persona que se es, o que –más bien– se va
siendo. Pero ese yo es algo indefinido, vagaroso, inasible. Porque la filosofía romántica alemana, post
kantiana, ha hecho de ese yo, EL YO, así con mayúscula, un personaje que es
aplicable a todos y, por lo tanto, carente de concreción alguna. En cambio el
yo al cual me estoy refiriendo es el yo concreto de cada cual. El yo personal. Ese
que ante mi pregunta ¿–Quién es? Responde: –yo. Este yo personal, único,
irrepetible, es decir, no igual a ningún otro, resume –en su brevedad
condensada– un escopetazo de biografía. No es un robot. Tras ese yo
hay una persona encarnada que conozco y presenta a mi mente todos los atributos
que la distinguen y la hacen única. Salta a mi memoria, desde los sótanos del
pasado, la carpeta que he formado de ella haciéndome presente su unicidad,
forjada en mi haber compartido con ella, vida y experiencias. Conozco, además
de su soporte biológico, su biografía, sus virtudes, sus fallas, sus miradas, si
el gálibo de su persona es atractivo e interesante, o no. Si es gentil o
grosera y procaz. Si es culta o ignorante. Si la fineza de su carácter la hace,
cual frágil mariposa, revolotear sobre todos los temas que toca y, como la
varita del hada mágica, transformar la realidad tosca y cotidiana, en sueño que
canta y, por lo tanto, encanta.
Todo
esto y mucho más está condensado en ésa
palabra yo. En fin: tengo guardada en los sótanos de mi conciencia la
ficha de su persona que mi experiencia con ella ha ido forjando y constituye su
carácter. Tirtano, a quien su maestro Aristóteles llamó Teofrasto (del divino
decir), forjó este concepto de carácter que alude a aquello que distingue a
cada persona y las hace a todas diferentes.
Así pues que
tras el cuerpo late, incandescente, un cúmulo de proyectos que llamo persona.
Biografía que se hace con la herramienta biológica corporal o conjunto de
células materiales, el aquí, en que reside la persona.
Biografía que consiste en un constante hacer. Vida es quehacer.
Esta
fatigosa introducción era necesaria para despejar una confusa y generalizada
noción cuando se habla de cuándo comienza
la vida, referida al problema del aborto. Miríada de opiniones irreflexivas
revolotean zumbando en el aire a los oídos de la gentes y, cual abejas
soberbias y envanecidas, van clavando en el ambiente su aguijón de ponzoña
jactanciosa y vacua.
¿A qué vida se
refieren? ¿Saben qué es la vida
biológica? ¿O la biográfica? ¿Cuándo empiezan o terminan?
Esto de
las diferencias entre vida biográfica y vida biológica parece ser cosa de
Perogrullo, sobre todo entre nosotros los argentinos que hemos tenido la
trágica oportunidad de experimentarlo.
Muchas
personas han estado y aún están buscando, sus padres biológicos, desaparecidos en medio del drama de las luchas que
ensangrentaron nuestra patria en la década de 1970. Da grima advertir que de
las verdades de Perogrullo no se saquen las consecuencias inevitables a que
todo razonamiento coherente lleva.
Está claro que si existieron padres biológicos
desconocidos, es porque existieron también padres biográficos que, al menos, promovieron
la formación de la persona que busca su origen biológico. Y es un drama humano
ver cómo algunos aceptan y otros rechazan a sus padres biográficos o adoptivos.
Es un drama en el cual no entro ni salgo. Me limito a señalar su existencia y
dolor.
Ahora
bien: ¿quién es responsable de la existencia de esa vida en el seno materno?
Aun sabiendo quién es el responsable de que esa vida exista, ¿hasta qué punto
es realmente el hacedor de esa existencia?
La generación
de ese algo, que está en la matriz materna, nos lleva necesariamente a la
genética que, claro está, tiene la misma raíz etimológica que generación.
Tendremos pues que hacer algo de
GENÉTICA
Yo no
soy genetista ni especialista en el tema, Solo he estado oteando en el
horizonte toda novedad que apareciera en torno a los temas humanos desde hace
años –y tengo muchos–. Éste ha sido uno de ellos. (1)
(1) Inquieto por entender la teoría
de la Evolución, cayó en mis manos un libro titulado Un siglo después de Darwin de S. A. Barnet y otros. Los otros
resultaron ser eminentes especialistas: T. Dobszhansky, C. H. Waddinton, D.
Michie, G. de Beer, J. Maynard Smith, D. Mac Rae, J. M. Thoday y D. Daiches
Raphael. Lectura apasionante que me introdujo en mares por mí nunca d’antes navegados. Ello me llevó a muchas otras lecturas entre
otras a Teoría de la Evolución de
John Maynard Smith, (400 páginas de apretada, enjuta y pequeña letra que mis
ojos, jóvenes en el 66 leyeron sin anteojos)
En la década del 60 se hicieron grandes avances con la síntesis de las
moléculas que forman el ADN. José Oró sintetizó la adenina en el 60, Ponamperuma,
la adenina con otro método, en el 63 y también la guanina. En el 66 Sánchez la
citosina. La timina en 1971. Y ya no pude apartarme del todo de estos temas de
la Evolución, que incluyen muchas otras disciplinas conexas como la bioquímica
molecular, la antropología, etc. Mis conocimientos no son sistemáticos sino
autodidácticos. Defecto que ha resultado un beneficio ya que no tengo la mirada
de lupa del especialista, pero si una perspectiva que me permite relacionar
diversos puntos de vista, de modo que el aspecto que presentan las cosas, es
más rico que la mirada focal. Me permite contemplar el panorama desde muchas
otras perspectivas. Y relacionarlas. Veo el bosque, sin que el árbol me lo
oculte. En tal sentido habría que integrar los saberes de los especialistas,
con un especialista en especialidades, es decir con un generalista. Eso es la
filosofía.
La vida biológica celular es el resultado
de la fusión de los gametos (células sexuales) masculino y femenino –en la
matriz materna– dando inicio, material y formal, a otra célula llamada zigoto
que es un nuevo individuo. Las células humanas tienen 46 cromosomas excepto los
gametos (óvulos y espermatozoides) que contienen 23 cada uno. Al fusionarse los
gametos, la nueva célula tendrá 46 cromosomas que se aparearon de madre y padre,
produciéndose así un nuevo organismo que es diferente a sus progenitores,
aunque portan, en forma recesiva y dominante, las características de ellos. Dependiendo
las características fenotípicas (para
simplificar: son las características visibles que presenta el cuerpo, aunque
hay algunas que no se ven) de cuál carácter ha primado o dominado. Si el padre
tenía cabello rubio, la madre cabello obscuro
y el hijo los tiene obscuros, es que el carácter del cabello que dominó fue el
de la madre. Por ello los genetistas lo llaman carácter dominante. Pero el hijo
porta, en su genotipo (células reproductoras), y en forma recesiva, el carácter
de cabello rubio. Este carácter escondido puede reaparecer en el nieto.
Esto está
simplificado a extremo, porque una explicación minuciosa demandaría
conocimientos de ADN, de sus bases adenina, timina, guanina, citosina, y de
cómo se acoplan en la división de la cadena unas a otras. La Genética demuestra
que el ser humano, así formado, es único, un nuevo ser distinto a sus padres,
con capital genético propio y original. Por ello se ha generalizado la
expresión “lo lleva en el ADN” con la
cual significamos que es algo propio e irrepetible. Diferente a todo. Al
extremo que el ADN ha simplificado la individualización en la medicina forense.
Es así que todas las especies evolucionan –no solo la
humana– porque los individuos son distintos de sus padres y antepasados. Más
aún. Las mutaciones génicas, producidas en el ADN, pueden llegar a ser
permanentes y constituir el inicio de un proceso evolutivo en la especie, dando
lugar a características nuevas que –si son exitosas– por selección natural se perpetuarán
y los individuos que las porten se reproducirán más, por vivir más tiempo, que
los que no las tienen. Al respecto he visto en algún escrito un ejemplo que no
sé si será real o imaginado para ilustrar esto.
Se trata de mariposas con alas blancas que habrían
desaparecido en algunos lugares de la
Inglaterra decimonónica. Al parecer la exhaustiva explotación del carbón
que desencadenó el consumo de energía en la era industrial, habría cubierto la superficie, adyacente a
esas explotaciones, con manto negruzco. Las mariposas de alas blancas, eran muy
fácilmente detectadas por pájaros y otros depredadores. Pronto desaparecieron.
Las de alas obscuras perduraron. Cuando menguó la explotación, reverdecieron
los campos y volvieron las alas blancas a volar, a competir, otra vez, con los
poéticos pétalos de las florecillas blancas en la campiña británica. Las
mariposas de alas obscuras portaban en sus genotipos las alas blancas, como
carácter recesivo y, cuando las condiciones fueron propicias, reaparecieron. No
sé si esto es verdad, pero, aun si no lo fuera, explica bien la coexistencia de
ambos caracteres.
Este largo paréntesis ha
sido necesario para ver con claridad que cada zigoto (individuo nuevo creado
por fusión de los genes femenino y masculino) es un ser único, con capital
genético propio, independiente de sus pro-genitores.
Con todo este prolegómeno
creo que estamos en condiciones de abordar el problema del aborto, sin haberlo
abortado antes que nos diera su fruto.
Lo primero a decir es que
el aborto se nos presenta y tiene varios aspectos y, por lo tanto, varias
perspectivas desde las cuales podemos contemplar su realidad, su núcleo. Como
toda persona está instalada en un cuerpo y todo cuerpo está en un aquí, resulta que forzosamente toda
persona tiene una perspectiva del algo que está allí. Y así sucede que una porción grande de gentes ven el aborto allí, no como el segado de una vida,
sino como la extirpación de células que todavía no viven. Que no tienen vida
(independiente, agregan). Ya hemos visto en el capítulo Genética, que esto no
es sostenible ni compatible con la verdad científica. No obstante hay muchas
creencias que no son racionales, más aun, las verdaderas creencias no se fundan
en lo racional. En las creencias se está, no es necesario sostenerlas como las
ideas. Son como el piso bajo nuestros pies que nadie ha puesto en cuestión y
–sin que pensemos en ello– contamos con ello.
Mas quienes argumentan que
en el zigoto (feto) aún no hay vida, no
lo hacen por creencia. Sostienen esta idea desde una heterodoxia que les parece
apropiada al objetivo que persiguen, que –según dicen– es salvar las vidas de
muchas mujeres que mueren por realizarse prácticas abortivas clandestinas.
Más
modestamente, otros sostienen que el aborto debe producirse cuando el feto ha
cumplido algunas semanas. Postura (de poner) arbitraria y contradictoria ya que
no explica cómo, en un proceso que ya estaba iniciado y en curso progresivo, aparece
súbitamente la vida, sin que haya una causa eficiente,
Algunos,
para salvar este inconveniente, sostienen que en esas semanas aparece la
persona, que es a quien que hay que proteger, ya que la persona es sujeto de
derecho. Antes de eso no habría persona y por lo tanto el aborto sería mera
intervención quirúrgica para extirpar una excrecencia superfetatoria no
deseada.
Asoma
aquí, súbitamente, la persona; se nos hace presente cual persona-je inesperado
que es preciso definir con rigor, pues es el centro del argumento. Ahora se
advierte por qué iniciamos esta meditación con la distinción entre vida
biológica y vida biográfica o personal. Veamos qué es y cuándo aparece la
persona
PERSONA
Ante
todo debemos preguntarnos si la persona es una realidad o el nombre de algo
inconsistente. Un flatus vocis, vacío
de contenido, explosión de aire. Por lo pronto tenemos que realidad no son solo
las cosas materiales ahí fuera, sino todas las cosas con las que tengo que
contar para realizar mi vida. Nada es más real que los problemas que se me
presentan a toda hora. Especialmente las dificultades para ser el que quiero
ser.
Si por
persona entendemos no un algo sino un alguien,
no habrá dificultad en asumir que persona es alguien que quiere ser y
seguir siendo en el futuro. No morir por ej. El suicida es una persona que no
quiere ser en el futuro, justamente porque cree no tener más futuro para
realizar o porque el futuro que quería para sí, ya no es posible.
Todos
hemos asistido a la aparición de nuestra persona. No digo que hayamos tenido
conciencia de su progresiva aparición, sino que hemos ido viviendo, ésa, su
aparición. Si a este hecho lo sometemos a un análisis fenomenológico tenemos
que
1. La persona nos ha ido apareciendo de a poco.
Cuando nacemos no tenemos conciencia del yo. El
cuerpecito indefenso de mi recién nacer, va siendo insertado en lo que llamo ser hombre mediante los primeros
descubrimientos corporales. Es el cuerpo quien nos da primeras noticias
del mundo exterior. Son el placer del calor corporal materno, la leche que
succiono de su seno, los mimos con que me enseña (del lat. Insigna: señal), los juegos con que alegra mis vacíos El dolor
marca los límites de mi cuerpo, los cuales aprendo a conocer con los chichones
y cardenales de los golpes con las esquinas de las cosas.
2. Las primeras palabras, no las inventamos nosotros, no son nuestras, sino
que nos las insuflan, por imitación primero, asimilación y entendimiento
después. Nos vienen de nuestro contorno familiar y luego del dintorno social,
de los otros, de la Sociedad.
3. Así, poco a poco, vamos siendo humanizados, introducidos en ser humano,
nos vamos realmente hominizando, dejado atrás el póngido catarrino, el
australopiteco.
4. Pero las palabras que nos fueron enseñadas tampoco fueron inventadas por
los otros que nos las enseñaron, también ellos las aprendieron en su hora. El
lenguaje que hablamos es el resultado de milenarias experiencias, de
generaciones que incorporaron el invento de algún individuo, quien acertó a designar algo nuevo
que descubrió, con una palabra nueva. El
lenguaje es pues un inmenso andamiaje de significaciones preexistente, que
inventaron otros y que está ahí
vigente. Me es impuesto con la vigencia que tiene todo uso social, ya que
contravenirlo me traería consecuencias ingratas.
5. Vienen (con las palabras y el lenguaje) ideas, interpretaciones, sentidos, que se
introducen en nosotros subrepticiamente, de contrabando, sin que nos demos
cuenta, sin que el gendarme de la conciencia los haya sometido a control de
calidad.
6. Tropezamos con el otro nada más nacer y antes de tener conciencia alguna
de mi mundo o mundo propio, me va siendo inyectado, impreso, el mundo de los
otros.
7. Como fui un mamífero nidífugo, salí del nido antes de estar preparado
para vivir por mi cuenta, solo, en la naturaleza. Por eso, mi vida biológica
dependió de otros quienes tenían el tesoro de cuanto yo necesitaba y me lo
fueron proveyendo.
8. Yo sabía, entonces, nada y
menos que el hombre es un ser extrañado de la naturaleza. Alguien que mal está
en la naturaleza. Que para sentir bien estar en la naturaleza, interpone, entre
él y el contorno hostil, una creación antinatural o sobre naturaleza, en la que
si siente bien estar y sí puede vivir. Esas creaciones, no naturales, son las
ciudades, la calefacción, los abrigos, casas, caminos. TV, hospitales,
ciencias, libros, universidades. En suma: la cultura. Cultura que no es ornato
o algo que agregamos a nuestra persona para lucir mejor, sino la caja de
herramientas que necesitamos usar para acertar en nuestro trato con la
circunstancia. La persona tiene un tiempo limitado para realizarse y como el
tiempo que se pierde no se recupera, es de mi vital importancia acertar. (2)
(2) Por ello Napoleón
decía: “pedidme cualquier cosa menos
tiempo, porque no me lo podréis devolver”
9. Yo sabía nada de todo esto e inauguré eso que llamo mi vivir, viviendo a
través de los otros, de su lenguaje, de sus acciones, de sus hábitos y usos.
Así proyecté, sin saberlo, cuanto les veía hacer y decir.
10.
Con lo cual resulta
que mi realidad era ese hueco, que iba siendo llenado con las realidades de los
otros. Yo no sabía que iba a tener una vida biológica que me fueron facilitando
los otros. Menos aún que iba vivir una vida biográfica para la cual me iban a
ir preparando, comenzando por enseñarme (señalar)
a hablar, leer, sumar, etc. para terminar por introducirme en ese gigantesco,
sideral ámbito de humanidad, acumulado en la Historia y que se resume con la
palabra Cultura. Yo sabía nada de todo
eso, de modo que todo lo que introdujeron en mí, era –para mí– la realidad. Realidad
que daba, sin más, por lo auténtico. Y así, ante cualquier problema o
dificultad ahí, yo respondía con lo aprendido,
que –claro está– estaba prendido a mí,
automáticamente, recibido de los otros.
11.
Luego, pasando los
años, se me presentaron problemas más graves, en que la respuesta automática,
aprendida, no sirvió. Situaciones límite, tal vez pequeños dramas personales
que requieren una respuesta única, no aprendida, tuve que des-prenderme de lo prendido
para pensar por mi cuenta. Ese universo convencional se reveló inútil y me
forzó a encontrar una solución no recibida. Y entonces me fue necesario ensimismarme (mejor en mí-mismarme) e inventar una solución
propia –usando, desde luego, las herramientas recibidas –. Me salí del fuera y
me metí en un lugar dentro mío que llamo mí mismo. Un lugar que está en ningún
lugar y que no tiene el animal. Me salí del momento presente, negué el pasar
del ahora y me representé cómo debería ser la realidad futura para superar ese
presente ominoso, sin solución, que me afligía. Claro está que no tuve conciencia de qué
hacía. Simplemente lo hice apremiado por lo adverso.
12.
Es en estas
circunstancias que descubro que tengo una vida propia, distinta de la vida que
me insuflaron los otros. Porque me doy cuenta que tengo un mí mismo. Un yo. Que
aparece tardíamente, después del tu de los otros. Esta vida propia es la
verdaderamente mía, la que soy yo en la soledad de mi vivir.
13.
Cuando ese yo que soy
adquiere conciencia, aparece esa extraña realidad de la persona. Hace bien el
Derecho en colocar la responsabilidad en torno a esos años. Es curioso advertir
que las religiones –más severas que el Derecho– coloquen el estado de
conciencia en edad más precoz, en que aparece el pecado y ello ocurre en torno
a los ocho a diez años. Es la confirmación
que –dicen los curas– imprime carácter. El pecado es la transgresión de la
norma moral, mientras que la transgresión de la norma jurídica solo es
imputable a partir de mayores edades (14, 16, 18, 21 años) en diversos
ordenamientos legales.
Con todo
esto – y con el lector que llegó hasta
aquí, haciendo gala de paciencia encomiable– hemos asistido a la aparición de
la persona o estructura biográfica
encarnada en el cuerpo o estructura
biológica. Aparición que era necesario elucidar
porque algunos sostienen que la persona aparece algunas semanas después
de la concepción, a partir de la cual fecha, no se podría realizar el aborto.
Hemos visto
precedentemente que la persona aparece mucho más tarde, años más tarde.
Sin embargo
esto permite avizorar que la persona en acto (es decir, presente) se encuentra
ya en potencia en el zigoto fecundado, en el claustro materno (feto), pues es
por desenvolvimiento o desarrollo de éste en el tiempo y es de un modo
progresivo que va apareciendo.
Más simple: en
el feto está en potencia la persona.
De modo que
cuando impedimos el desarrollo del cuerpo o segamos la vida del cuerpo, también
estamos segando la vida de la persona. Estamos impidiendo que algún día llegue
a realizar su vida humana propiamente dicha.
También se ha
escuchado, como supremo argumento, que un porcentaje de las mujeres que abortan
mueren por la mala práctica de chapuceros que negocian con la desesperación.
Todos estos
argumentos no tratan el ser en sí del aborto, sino sus consecuencias.
Hay que
ante-poner, a cualquier otro poner o posición, que el asesinato de una víctima
inocente es una maldad en sí, o lo que es igual, en el ser mismo del asesinato
al inocente, en el núcleo de ese asesinato, el ingrediente maldad constituye
parte de su esencia y lo condenamos por ese su propio ser, por su esencia,
independientemente de las consecuencias sociales que conlleve.
¿Es moralmente
aceptable que, para evitar una posible
muerte de la madre, matemos una estructura biológica en acto? Quiero decir: la muerte de la madre está en grado de
potencia, es algo que puede o no suceder. En cambio el ser viviente que matamos
en el aborto es, no una potencia de
ser, una posibilidad, sino un ser en acto. Un ser que está ahí. No algo posible
sino algo que es, algo que existe. Un ser concreto que actualmente vive. En el
esperma y el óvulo, separados, no está ese ser todavía inexistente, que, para
llegar a ser real y existente, requiere
la unión de ambos en la fecundación. Por
ello es coherente evitar la fecundación, si se quiere evitar segar una vida. Porque,
en cuanto fecundado, el ser que estaba en potencia ya se ha convertido en acto.
Es, actualmente.
La vida es la
realidad en la cual se dan todas las demás. Nadie tiene pues derecho a segar
una vida. Menos que nadie el asesino victimario de inocentes.
Pero tampoco
el Estado, por más argumentos que se esgriman, puede moralmente matar. Solo es
admisible el asesinato cuando es en defensa de la propia vida o la de un
tercero, contemplados en el art. 34 del CPN. O el otro caso de la madre en
peligro médico inminente de vida, por la continuidad del embarazo
Aun, este evento, es un caso de conciencia la última decisión.
¿Qué diríamos
del aborto si se hubiera practicado en el caso de los fetos de San Martín o
Lutero, Gutenberg, Francisco de Asís, Cervantes, Leonardo da Vinci Mendel, Cicerón,
Miguel Ángel, Homero, Platón, Einstein, Clístenes, Pasteur, Newton y un interminable etcétera, o
cualquiera de esas otras magnas personas autoras de las excelencias más puras
que están incorporadas al patrimonio humano y de las cuales gozamos en nuestra
vida social y personal –gracias a ellos–?
Porque todos
ellos fueron también fetos sobre cuyos cuerpos esos magnos ánimos elaboraron
sus excelsas creaciones, de las que hoy gozamos. El hombre es el animal
heredero. Cuando inicia su vida como persona, recibe todo el pasado en forma de
lenguaje, usos, cultura atesorada por mil generaciones anteriores de las cuales
el pusilánime ni sospecha que se las deba a vidas humanas pasadas.
El hombre
común usa de todas estas maravillas como
si estuvieran ya ahí, cual frutos de los árboles u otros productos naturales. Cuando
alguno de estos vociferantes ,anti-abortistas o abortistas, usa del idioma para
expresar lo que piensa, no sabe que cuando dice por ej.: la idea del aborto el concepto de idea que está usando como si
fuera de él, se lo debe a Platón, que inventó la palabra idea (que antes de
Platón no existía), a partir de una raíz del griego que significa ver. Fabricó la palabra para significar
el concepto de idea, que solo fue entendido por unos pocos. Para expresar el
nuevo concepto tuvo que usar las palabras que estaban ahí en el lenguaje
hablado por sus coetáneos y darle al vocablo ver (que solo era ver con los
ojos) un sentido más extenso: ver con la mente. Pero esto lo entendieron muy
pocos. Como hoy son muy pocos los que entienden la teoría de la relatividad.
Dentro de unos siglos les parecerá extraño, a los hombres de esa época, que nos
costara tanto a nosotros entenderla. Pero ¡qué le vamos a hacer! ya los griegos
decían que “los molinos de los dioses
muelen despacio”.
La masa
informe de Grecia y del mundo Helenístico siguió creyendo en los dioses. (3)
(3) “Un somero paso por la cultura griega,
enseña que los poetas homéricos, anteriores a Sófocles, no funcionan (en
Grecia) con los módulos de lo que para nosotros es literatura. Homero
representó durante 500 o más años, el prototipo del saber. Los griegos se
rigieron por los poemas en una medida más intensa y exclusiva que nosotros por
la ciencia. Las concepciones básicas que tuvieron de la realidad –el saber
fundamental de la vida– arraigan casi sin excepción, en estos relatos
versificados que, para nosotros, se agotan en una resonancia de admirable
literatura. Las expresiones más poéticas –menos reales– fueron vividas con
seriedad análoga a la que ata a los hombres del siglo XX al forzoso
encadenamiento de unas ecuaciones. Para un
griego clásico, Homero era ciencia, más aún: era la ciencia. Homero encarnaba
el compendio básico del saber acerca de los
dioses y de los hombres. No es una teología. Respecto a los hombres, Homero sigue el derrotero de una ética aristocrática
y guerrera, indispensable punto de
referencia en la educación helénica. Homero y los antiguos poetas, componen la interpretación inmediata del
mundo en que se vive. Es la autoridad, a
que fundamentalmente se recurre, en los problemas menudos o arduos que la vida
plantea.
Saber de tradición, es vivido como el núcleo en que reposa y que
mantiene unida la comunidad. Para el
griego, durante largo lapso, el saber y la imaginación poética,
estuvieron indisolublemente ligados. Saber, era saber lo que decían los poetas.
Cuando un griego se refería a la literatura, mentaba una realidad
distinta a la que ese nombre significa en nuestros días. Distinta, sobre todo, en el cimiento que dota de sentido
a cualquier realidad humana: su función vital, el papel que juega en el
conjunto de funciones que llamamos vida humana.
No es que no se pueda filiar un sistema de rasgos,
caracterizadores del hecho literario, válido, en su abstracta generalidad, para
obras de distintos tiempos. La cuestión es otra. Se trata de que tales rasgos callan lo esencial si, en cada caso, no se
los hace funcionar en la concreta circunstancia histórica de que
proceden. Llenar de contenido histórico cualquier
nota de rigidez intemporal, es imperativo ineludible a quien no quiera quedarse
en el cómodo limbo del intelecto puro. La
flexión histórica de los conceptos viene exigida, en suma, por los
objetos mismos. No es posible saber qué sea literatura, interrogando solamente
los volúmenes que pueblan las bibliotecas. La tarea consiste en recrear el
contexto viviente en que brotaron, el suelo y el aire en que adquieren plenitud
real de sentido. El público, es
ingrediente esencial de lo escrito. Sin él, lo escrito pierde sentido Y ese público de Sófocles, es el público homérico
para el cual el saber, era saber lo que decían los poetas” (“En
Torno al Hecho Literario”, Facultad de Filosofía y Letras de la U. N. C. n° 1 1956, pág. 193/ss. Dr. Adolfo Ruíz
Díaz)
Solo siglos
después fue penetrando, cual gota de agua que orada la roca de la estolidez, lo
que significaba esta idea de la idea.
Lo propio ha acontecido con la multitud incalculable, la legión de inventos antinaturales
que heredamos de las vidas pasadas y que son, siempre, creación personal de
alguien, de un individuo.
La sociedad no
inventa. La sociedad hace que el invento no se pierda, no se olvide en la noche
obscura del pasado. Para evitarlo, lo consolida en uso social. De ello es máximo
ejemplo la lengua común que atesora como joyas iridiscentes cada nuevo
descubrimiento de realidad que hacen sus individuos.
A esos magnos
ánimos debemos el hombre que hoy somos. (4)
Advirtamos, de paso, que la clasificación de
los hombres en magnánimos y pusilánimes, acuñada en el medioevo, se refiere a
las grandes almas y las pequeñas almas. Para impedir que se esgriman falacias
de mera retórica, intentando atribuir a esta meditación un falso sentido
religioso, que no tiene, sustituyamos el vocablo alma por persona. Hablemos de
grandes personas y pequeñas personas como hablamos de buenas, malas, feas o bellas,
personas.
(4) Cuando algún
santurrón –creyendo hablar con palabras y pensamientos propios, que él cree haber
fraguado– nos dice beatíficamente:
“La virtud,
–como cualidad, concepto o ideal de
conducta, cuya finalidad es actualizar las posibilidades del hombre para formar
su carácter–, esa virtud es materia en
general de la ética ya que la moral debe ser la substancia y la esencia
de la acción humana en relación a las pasiones. Esto es algo necesario
y no contingente en cada caso
particular”.
Este ditirambo no es invento mío. Así decía un profesor de Moral en mi Secundaria. Parecía no saber
que:
Virtud es un concepto socrático Concepto también lo acuña Sócrates Cualidad es una categoría de la realidad inventada por Aristóteles
opuesta a Cantidad que también es de
su invención. Ideal viene de idea
palabra inventada por Platón ya explicada Finalidad
es el objeto que persigue una acción o causa final. Causa final o thelos es
de Aristóteles. La vemos en televisión,
teleobjetivo, telémetro, etc. Actualizar viene
de Acto que Aristóteles opone a Potencia para explicar el cambio o
movimiento que hace que algo que no era, devenga a ser lo que es. El ej.
clásico es la semilla que contiene en potencia lo que será el acto árbol. Posibilidad es la cualidad de la potencia explicada precedentemente. Formar es dar forma, categoría aristotélica para explicar lo que da informa a la Materia. Materia es aquello de que está hecho algo, que no es lo
que ahora entendemos por materia ya que aquello de que está hecho algo puede
ser una historia o un drama, o el argumento de una pieza teatral. Carácter concepto inventado por Tirtano
a quien su maestro Aristóteles llamó
Teofrasto, de Teos: dios y frastos: decir, frasear. El
del divino decir, General por
oposición a particular ambas categorías
aristotélicas
Por no hablar de quien inventó el fuego, la rueda, la
agricultura, las máquinas, la generación de electricidad, y un infinito
etcétera. Todos fueron chispazos neuronales de algún alguien, de una persona
concreta con imaginación mayúscula, que alguna vez fue feto. No es casual que
Sócrates denominara su método para enseñar, para conocer, como la Mayéutica, o
sea el arte de dar a luz, descubrir, levantarles las faldas a las cosas. Lo que
en griego significa ALETHEYA.-
Afirmar que tenemos derecho a la vida o, lo que es lo mismo,
que la vida es un derecho, algo existente a lo cual el derecho reconoce entidad
suficiente para hacerla digna de su atención, es una falsedad. La vida no es un
derecho. Es un hecho. Un puro factum.
El hecho fundante de todo derecho. Es la realidad radical en la cual se fundan
y radican todas las demás realidades de la cultura y de todo lo que es. Sin
vida no hay derecho, ni cultura, ni leyes, ni tribunales. Sin vida, hay nada. Porque
aun concediendo que más allá pudiera haber otra vida, sería otra y no ésta. Otra de la cual
sabemos nada. Es en ésta vida que se
nos da el mundo de los otros y nuestro mundo.
Por tanto, la defensa de la vida es
anterior a todo derecho, y aún más importante que toda otra realidad. Piensen,
cada uno de nosotros, ¿qué existiría sin vida? Porque hasta lo que llamo la realidad es ya una interpretación que
mi vida hace de lo que me circunda, de lo que es la circunstancia de ese hecho
que es vivir.
El hecho primario en el cual se dan
todos los demás, es la vida de cada cual. El Derecho es una creación de la
cultura, como lo son las Matemáticas, la Física , el Amor, la Poesía , los Usos… Todas
ellas son realidades radicadas y no radicales. La vida, como realidad radical,
fue la gran averiguación de José Ortega y Gasset.
Este asunto tiene
más importancia de lo que a primera vista parece porque a diario hablamos, por
ejemplo, del derecho a la legítima defensa de la vida, consagrado en todos los códigos
penales del mundo civilizado Y resulta que cuando alguien defiende su
vida, no está ejerciendo un derecho,
sino defendiendo un hecho sin el cual no habría derecho ni derechos. Decir que
la vida es el primer derecho humano o individual es poner la carroza por
delante de los caballos. La vida es algo primario, previo, principal,
principio. Adviértase que la raíz de todas estas calificaciones está en
primero, lo primero. Segar una vida
es mucho más grave que faltar a una norma del derecho vigente. Es imposibilitar la existencia del todo y de todo.
Porque de nada sirve que se reconozca que tenía derecho a vivir, cuando lo que
le falta no es el derecho sino el hecho de vivir, que nadie puede devolver. De
los niños se dice que son inocentes (in
noscens, tis: sin daño) Defender
la vida de un inocente, es lo que opina ALETHEYA 33 sobre la víctima por nacer.
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