martes, 21 de agosto de 2018


Mendoza, enero de 1954

EL GAUCHO, (*)

Meditación a través de una ventanilla

Deseosos de exhumar cierta definición del gaucho argentino –a causa de no haber encontrado hasta la fecha alguna que nos satisfaga medianamente– emprendemos calígine viaje por nuestras landas del Sur mendocino.
Como estamos en la enormidad del estío, la empresa reclama no poco valor. Pero sin embargo un buen – ¿mal? – día nos resolvemos a desvelar el misterio y armados de prócer coraje nos acercamos al gigante de acero arrugando nerviosamente nuestro pasaje en el bolcillo.

         No bien ponemos pié en el andén, la embravecida bestia ha lanzado un ventoso rugido de vapor que, acompañado de estridente grito, nos  sobrecoge de medrosidad. Aprovechando un fugaz descuido nos subimos a su columna vertebral. Estamos decididos a viajar sobre su espalda cabalgando una vértebra. Finalmente el tañido de una muy beata y cristalina campana parece haber catequizado al monstruo, quien –sumiso y calmo ya– se dispone a partir,
         Con infantil alborozo descubrimos que el respaldo del asiento que tenemos delante esconde, en su intimidad, una pulida y lustrosa tabla. Se trata, sin duda, de una mesa para la merienda; pero nosotros –que  confiamos en su idoneidad– la haremos oficiar, por un momento, de escritorio, con lo que advertimos la mutabilidad del ser de las cosas.
         Echamos sobre ella unos cuantos papeles y en el preciso instante en que el tren se moviliza escribimos esto hasta aquí. Por cierto nos ha costado no poca faena pues la bestia –cual si rasguño de nuestra pluma en su lomo le cosquilleara– se balancea de un lado a otro tornando jeroglífica nuestra escritura.
El Gaucho, nos han dicho, es hombre diestro en el manejo del facón, tanto con animales o, frecuentemente, con otros hombres. Puede descuerar cualquier cosa que se haya movido, soba cueros, hace asados, hace piales con su lazo, hace trovas con su viola. En fin hace estas y muchas otras cosas más. Y como el hombre es lo que hace, fabrica (homo faber) nos tenemos que conformar con esto. Claro que a esta doctrina podríamos concederle que el hombre es lo que hace si también nos dijera por qué y para qué lo hace. Pero dejémoslo para otra ocasión porque no es para meditarlo en viaje.

         Ahora nos deslizamos por las afueras de la ciudad y nuestra visión se puebla de blancas ropas al sol, de ranchos de caña y barro, de rapaces sucios… De pronto atravesamos una calle que ha padecido la cortada del tren. Herida que custodian dos tajantes barreras y un centinela. (1)Tras ellas burgueses mañaneros que nos miran con respeto. Vamos en un imponente aparato. La imponencia lo primero que impone es respeto, claro está. Esta observación nos trae un bostezo. Y cuando nos disponemos a gozar de él desperezándonos, advertimos una mujer nos mira. ¡Adiós fugaz instante de placer! Nos vemos forzados a disimular el bostezo con escondido ademán. Recordamos haber leído en alguna parte que un diplomático es el hombre que puede bostezar sin que lo noten los demás. Nuestra mente divaga hacia diplomáticos bostezando sin ser advertidos. Es un bostezo furtivo porque quiere hurtarse de la vista ajena.
         Y he aquí que aparecen las vides. En medio de inmensos paños verdes que parecen no tener riveras, descubrimos una jovial alquería en cuyo derredor se mueven algunos peones. Embriagados por nuestra contemplación pasan en nuestra ventanilla, cual una fuga de imágenes cinematográficas, un racimo de paisajes ubérrimos. Nos ocurre pensar que sería buena política propiciar la vuelta al campo. ¿Por qué los campesinos se han visto atacados súbitamente de fiebre ciudadana? En los últimos años hemos visto caer baldazos de gentes sobre las ciudades. Día tras día aumenta la despoblación de nuestra campiña. (**)
         Súbitamente, sin que nada lo hiciera prever, soltamos amarras con la civilización. Se nos viene encima el desierto de piedra y jarilla (2) de los Andes. El estío parece haber llegado aquí a un grado superlativo El tren deberá atravesar este desierto infernal. Ante tamaña aventura la máquina ha sufrido un instante de indecisión.
         El páramo ventoso y cálido se ajusta a nuestros costados y nos oprime con saña. Bocanadas de aire hirviendo penetran por las ventanillas, aun abiertas, convirtiendo al vagón en un ambiente de fragua. A lo lejos, peraltada en un otero, divisamos una roca gigantea que –solitaria– proyecta su rupestre y puntiaguda sombra hacia nosotros. Con ella viene de la roca… un saludo. En efecto, la sombra es algo que le pertenece y no le pertenece, como el saludo. Cabalga pues esta piedra en un cabezo, viajando solitaria por la sábana desnuda… ¿Adónde va? ¿De dónde vino? La roca es viajera eterna del desierto inhóspito Los pensamientos pasan, las fantasías duermen.
         Por fin, luego de superar un pueblo llamado sugestivamente “Pareditas”, hemos llegado a la sima que sigue a la llanura de una suave lomada y a nuestra vera el terreno sufre una inesperada depresión, mudo testigo de esta mezcla de pampa y Andes que es Mendoza. La tierra cae, cae… Y allá abajo vemos juguetear entre las piedras un cantarín arroyuelo que –después supe– los lugareños llaman Aguanda. Otro sugestivo nombre que en mi mente dispersa alude al agua que anda. No liberado aún de las fantasías febriles que me han acompañado en este viaje pienso que el arroyo bien pudiera ser la niñez del río. Por eso juega.
 La civilización de Occidente debiera haber meditado un poco más en que lo más puro e inocente (quiere decir no dañino) que se puede hacer con una cosa es jugar con ella. Si hubiéramos tenido una meditación semejante quizá no se hubiera prohibido durante tantos años a los niños, jugar en las escuelas. Aún de hombres debiéramos conservar esa maravillosa capacidad del infante para asombrarse ante todo y que alguna mente angosta ha llamado puerilidad. Los libros alejan de la inocencia.
Pero mientras yo pensaba esto de los niños hemos bajado y la circunstancia ya es otra. A ambos costados del arroyo se extienden frescas, angostas praderas pobladas de hontanares y cristalinas fuentes. Un aroma liento asciende hasta nosotros y penetra gozoso por la ventanilla. El tren, contento como nosotros, desciende rápidamente en demanda de solaz descanso. Exánimes descendemos. La bestia lanza ahora un aliviado suspiro de vapor. Hemos concluido el viaje y aposentamos nuestra osamenta en la humbrífera estancia “Los Jumes”, de nuestro buen amigo Jorge Eduardo Covarrubias.
         Como no podemos con nuestro sino, luego de descubrir una biblioteca vetusta, husmeamos hasta encontrar un libro de Historia Argentina que no conocíamos. Se pretende aquí dar una idea de lo que el gaucho argentino ha sido. Fatigosamente nadamos el libro de una ribera a la otra. Por fin hacemos balance con la perentoria pregunta: ¿Quién es el gaucho? El gaucho, se reitera el lugar común que referíamos al principio, es el hombre hábil en el manejo de las labores rurales, experto domador, gran cocinero de asados amante de su guitarra y de un tipo femenino no definido tampoco hasta el presente y que responde al nombre de “china”.
¡Pero cómo!: ¿no es más que esto el gaucho?
         Nuestros libros de historia no acometen lo que para el gaucho es vivir. No hablan de ese presente que viene de un futuro que todavía no está. Porque eso es vivir. Meter en este preciso presente un futuro que todavía no es presente. Nadie puede vivir hacia el pasado. Y este silencio resulta, por azar, ser un beneficio. Se tienen tales ideas sobre lo que el gaucho ha sido que si se hablara más concluiríamos por no tener idea del gaucho. Esto –con ser ya mucho– es minúsculo comparado con este segundo error: se presume que el gaucho es el antecedente o progenitor del ser argentino. Pero veamos ya quien es el gaucho.
         Hace tiempo cayó en desuso aquella interpretación de lo pueblos por su paisaje. La teoría se gastó porque se hizo de ella ab-uso, es decir,  un uso excesivo. Se pretendía que el espíritu de un pueblo se moldeaba al paisaje. O mejor que el paisaje moldeaba al pueblo. Tal vez hubiera sido más fértil pensar que podía suceder justamente lo contrario: que el paisaje hubiera sido modificado por el hombre para adaptarlo a su futuro o, lo que es lo mismo, que el hombre cambiaba el paisaje para hacerlo coincidir con sus anhelos. Hemos tenido ejemplo de ello con los viñedos recientes. Lo contrario de la teoría darwiniana de la adaptación al medio
En fin, sea una cosa u otra, es cierto que resulta ilusorio suponer que el gaucho pueda habitar otro paisaje que no sea el de las pampas. No podemos imaginar esa vida desarrollándose en la sombría y umbrosa selva ecuatorial o en el desierto de Atacama o en los hielos antárticos.
No ha mucho vi una película norteamericana; la he visto con mucha paciencia, por cierto, pero una escena hizo fructificar en mi la idea que motivaron estas páginas de viaje. Se trata de un gaucho que ascendía las nevadas cumbres de los Andes huyendo de la justicia acompañado de su china en demanda de tierras chilenas. Se llamaba el camino del gaucho.
Esta imagen del hombre de llanuras fértiles subiendo plena pendiente gélida y rocosa me pareció tan absurda como ver a Napoleón bajando de su corcel para montar en bicicleta
La cosa es sin remedio. El gaucho ejecuta un repertorio de acciones en respuesta a su circunstancia que, de repente se le tornó adversa a su visión del mundo futuro. Siendo la vida humana algo que se hace hacia adelante, esperando traer al presente un futuro que no está aquí ahora, el gaucho se encuentra con que la circunstancia que se viene y que ya está ahí, hará imposible el futuro que para él quiere. Entonces pretende hacer presente el pasado. Que vuelva el mundo que fue. Por eso está predestinado a desaparecer con el devenir histórico. La Historia nunca vuelve.
Me explico: su vida se desarrolla en un ambiente histórico y en un lugar preciso. Es la pampa inmensa, sin riberas. El tiempo en que le ha tocado vivir es revolucionario y progresista. Estamos en el último tercio del siglo XIX. La pradera virgen padece un intenso y acerado dolor. Las vías del carril de hierro se prenden con garfios punzantes a su epidermis y el alambre de púas la abraza e inmoviliza su paisaje. Ambos han traído la Ley, que se aloja en el policía, con aire de matón autoritario y soberbio. Bien lo dice Fierro: la ley es cuchillo que no ofiende al que lo usa. No podrá hacer ya cuanto le venga en gana ni matar ganado sin dueño a campo libre. Menos aún matar al que le robe su china o lo ofenda en una payada.
En definitiva, su diálogo con la circunstancia –en que consiste su vida–  se ha roto. En el nuevo mundo que le rodea, su vida no es posible. Vano será todo intento de cambiar de ambiente. Tampoco puede realizar su vida regresando a la barbarie.
Quizá pueda vislumbrarse algo de la calidad de esta tragedia advirtiendo que nuestra vida es lo más nuestro que podemos tener. En rigor no tenemos a nuestra vida. Es ella quien nos tiene a nosotros. Somos llevados por ella como el cargamento en la nao. Es ella el supuesto de toda posesión. Ya los romanos decían que la propiedad es de los vivos. Es decir de los que viven  (no de los avivados) Nuestro código recepta este aforismo. En efecto: cuando un hombre muere sus propiedades se transfieren.
Vivir es el acontecimiento fundante de todo lo demás. Vivir en un sentido no meramente biológico ya que ser hombre no es ser cosa. Vivir es hacer presente, en una muy determinada circunstancia, un futuro que se anhela. Se puede anhelar con mayor o menor intensidad la realización de ese futuro. En cuanto mayor la intensidad mayor la individualidad, porque en cuanto más social es un hombre menos personal es su destino. El gaucho fue, quizá, uno de los tipos de humanidad más individualista existidos.
En este paisaje recorrido hoy, sería también imposible imaginar al gaucho.
 Aquí el personaje es el arriero. Hombre que habita las orillas verdes de los arroyos, ubérrimas, pobladas por casucas y corrales. Dependen unos de otros para la doma y la junta de cabras, ovejas, caballos, que trashuman sus rebaños para las dehesas de montaña en verano y retornan con sus techos en invierno a las orillas de riachos. Se reúnen –para amasar el pan – las mujeres de varios kilómetros y comparten sus vidas con vecinos. Conviven. De vez en cuando juntan sus ganados a la vida salvaje y los contrabandean a Chile, empresa que requiere contar con los otros iguales. Son nos-otros.  
No, no, este hombre no es gaucho. Es el arriero de la costa andina. Por ello, por contar con los otros, por ser menos individualista y más social, el arriero del Ande, ha podido sobrevivir al progreso civilizatorio que sopló en la segunda mitad del siglo XIX.
Yo los he conocido aquí. En Los Jumes, y me han servido de contracara para entender al gaucho. 

EPILOGO
Mendoza, febrero de 2015
(*) Estas páginas escritas hace, justamente ahora, 60 años han sufrido los avatares del transcurrir. A todo vivir humano le es consustancial el tiempo, y más aún cuando ha pasado la catarata de sucesos precipitada desde entonces. ¡Tantas cosas y asuntos humanos han pasado! Me decido al fin –por sugerencia de mi nieto Manuel– a digitalizar estos pensamientos. Forma moderna, para ideas antiguas. Como a todo lo humano, el tiempo ha mutado la relación de lo pensado. Pensar lo es siempre sobre un mundo vigente en donde lo pensado dialoga con ese mundo.
Más aun, las mismas palabras dichas en aquel mundo son llenadas con significación diferente en el mundo de hoy. El mundo vigente antaño ya no es ogaño. Aquel mundo ya no está y tenemos la impresión que nos lo han hurtado y podremos encontrarlo, tal vez,a la vuelta de la esquina de un sueño. Pero los sueños, sueños son….
Hay que aclarar también que fue una licencia literaria imaginar un viaje en tren a vapor por esos lugares. Los recorrí sí, en un viejo jeep, por caminos polvorientos, desolados. Entonces tenía 21 años. Todo lo demás fue…

(**) 1954

(1) El guarda-barreras era el encargado de custodiar que el paso del tren no provocara accidentes y tenía una casilla en cada puesto.

(2) Arbusto xerófilo de la zona árida andina.

2 comentarios:

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